En la casa aneja al castillo ensillan a toda prisa un caballo, que parte a galope tendido hendiendo las tinieblas de la noche y no tarda en llegar, cubierto de espuma, a la plaza de la aldea, haciendo alto frente a la puerta de la casa del señor Gabelle.
—¡Auxilio, Gabelle... auxilio, todos!—grita el asustado jinete.
Toca a rebato la campana de alarma, pero fuera de este auxilio, dado caso que lo fuera, el jinete no recibe ninguno. Cruzados de brazos junto a la fuente contemplando la inmensa hoguera proyectada contra el cielo está el peón caminero entre un grupo de unos doscientos cincuenta amigos particulares suyos.
—Se elevan a unos cuarenta pies de altura—es el único comentario que hacen, pero nadie se mueve.
El mensajero del castillo hunde las espuelas en los ijares del caballo cubierto de espuma y desaparece entre las sombras. A galope tendido, y con peligro grave de romperse la cabeza, sube el áspero repecho que conduce a la fortaleza-prisión del tajo. Un grupo de oficiales, de pie junto a la puerta, contempla el pavoroso incendio; a poca distancia de aquéllos, hay otro grupo más numeroso de soldados.
—¡Auxilio, caballeros oficiales! ¡El castillo arde! Dentro de sus muros hay objetos de muchísimo valor, que podrían salvarse del furor de las llamas... ¡Todavía es tiempo...! ¡Auxilio... auxilio!
Los oficiales miran a los soldados, y éstos mantienen sus ojos clavados en el incendio. No dan orden alguna; antes al contrario; encogiéndose de hombros, exclaman:
—¡Que arda!
Desciende nuevamente el jinete, atraviesa la calle de la aldea, y ve con asombro que todas las casas están iluminadas. ¿Cómo se hizo el milagro? De la manera más sencilla. El peón caminero y los doscientos cincuenta amigos particulares suyos tuvieron el capricho de iluminar sus casas. Como carecen de antorchas, las piden en forma bastante perentoria al señor Gabelle. El funcionario muestra vacilaciones, resistencias, y en su vista, el caminero, tan sumiso en otro tiempo a la autoridad de aquél, insinúa a sus doscientos cincuenta amigos particulares que los coches, convenientemente hechos astillas, proporcionan excelentes antorchas, y que los caballos de las sillas de posta están pidiendo a gritos que los tuesten.