El castillo queda abandonado a las iras del elemento destructor. Encendidos huracanes, nacidos sin duda en las regiones infernales, coadyuvan a la obra, avivando las bramadoras llamas y sacudiendo el robusto edificio. Las caras de piedra de los eternos centinelas se retuercen entre cascadas de chispas y mares encendidos. Al caer con estruendo masas enormes de piedra revueltas con vigas gigantescas, el rostro de piedra que presenta dos mellas en la nariz adquiere expresión decididamente siniestra. Todo el mundo le hubiera tomado por la cara del cruel Marqués que, amarrado a la pira, lucha desesperado contra el fuego.

Ardía el castillo. Los árboles más cercanos, alcanzados por el fuego, se retorcían, doblaban y arrugaban; otros más distantes, encendidos por los cuatro terribles bultos, enviaban a la mole ardiente mares de negro humo. En las entrañas del mármol de la fuente hervían plomo y hierro derretido; el agua había dejado de correr, y las agujas de las torres, cual si fueran de hielo, se fundían bajo la acción del calor. Bandas de asustados pájaros revoloteaban aturdidos y concluían por caer en medio del horno, y mientras tanto, los cuatro bultos se alejaban, guiados por los resplandores que ellos habían creado, en dirección a su nuevo destino. La aldea se apoderó de la campana de alarma, y aboliendo de una vez la significación de sus tañidos, la obligó a festejar su alegría.

Y no paró aquí la cosa: la aldea, cuya mollera parece había despejado de improviso el hambre, las llamas y las voces de la campana de alarma, que ya lo era de alegría, sospechando que el señor Gabelle pudiera tener algo que ver con el cobro de las rentas y de los impuestos, aunque a decir verdad, ningún impuesto había cobrado el buen Gabelle en los días anteriores, y sí únicamente algunas rentas atrasadas, deseó celebrar con aquél una entrevista, y al efecto, cercó su casa y le invitó a salir a la calle, donde podrían conferenciar personalmente. El señor Gabelle contestó atrancando sólidamente la puerta de su casa, y retirándose a la habitación más escondida, a fin de celebrar la conferencia consigo mismo. El resultado de esta conferencia unipersonal, fué que el buen Gabelle subió de nuevo al tejado de su casa y se escondió detrás de las chimeneas, resuelto, dado caso que los habitantes de la aldea derribasen la puerta de entrada, a arrojarse de cabeza desde el tejado a la calle a fin de aplastar bajo el peso de su cuerpo a uno o dos de los que con tanto ahinco deseaban conferenciar con él. No nos admire su decisión: Gabelle era un meridional de carácter vengativo.

Es más que probable que la noche se le antojase eterna al señor Gabelle, pues en realidad no resulta muy agradable pasársela sobre el tejado, contemplando a lo lejos los siniestros fulgores de un castillo ardiendo, escuchando los porrazos que un pueblo enfurecido descarga contra la puerta de su casa, y sobre todo, viendo pendiente de su poste un farol, que el pueblo miraba de tanto en tanto con ganas de substituirlo con otro objeto, que muy bien pudiera ser su cuerpo. Triste es, en efecto, pasarse toda una noche de verano sobre el alero de un tejado, contemplando a sus pies un océano de revueltas olas negras, y decidido a arrojarse de cabeza en su centro; pero al fin hizo su aparición una aurora risueña, se apagaron las luminarias, el pueblo se dispersó, y el señor Gabelle pudo salir con vida del trance.

Dentro de un radio de cien millas, y a la luz de otros incendios, hubo aquella noche, y otras noches, muchos funcionarios menos afortunados que el señor Gabelle, a quienes el sol del nuevo día encontró colgados en las mismas calles, pacíficas en tiempos mejores, en que nacieron y crecieron. Verdad es que también hubo otros aldeanos, otros ciudadanos que, menos afortunados que el peón caminero y sus doscientos cincuenta amigos particulares, cayeron a los golpes de los funcionarios y de los soldados. Pero los fieros portadores del fuego continuaban su carrera en dirección a Oriente y a Poniente, al Septentrión y al Mediodía señalando su paso con regueros de llamas, y no existía funcionario, por versado que estuviera en matemáticas, capaz de calcular la altura de los patíbulos necesaria para contener o desviar el curso del despeñado torrente.

XXIV.
ATRAIDO POR LA MONTAÑA IMANTADA

Tres años duraron las tempestades, tres años durante los cuales bramaron sin cesar los océanos y rugieron las llamas por doquier, tres años de continuos terrores para los que desde la playa contemplaban la furia siempre creciente de los mares. Tres cumpleaños más vió la pequeña Lucía, en cuya existencia pacífica no cesó su amante madre de tejer nuevos hilos de oro.

Más de un día y más de una noche estuvieron los moradores del tranquilo rincón de Soho escuchando con amargo dolor el ruido de pasos que herían sus oídos, pues sabían que eran pasos de gentes enfurecidas, que corrían en tumulto a la sombra de rojos pendones, sabían que su patria había sido declarada en peligro, que sus moradores se habían transformado de seres humanos en bestias feroces.

No acertaba a comprender el señor, como clase, el fenómeno de no ser apreciado, de no ser necesitado en Francia, de no ser querido, de ser odiado hasta el extremo de correr peligro inminente de verse despedido del suelo francés y del mundo de los vivos al propio tiempo. Semejante al rústico de la fábula que, después de haber conseguido que se le presentase el diablo a fuerza de invocaciones, quedó tan aterrorizado al verle, que ni voz tuvo para hacer una pregunta al enemigo, así el señor, después de tener el atrevimiento de rezar al revés la oración del Padre Nuestro por espacio de varios años y de poner en juego los sortilegios y ensalmos más potentes para despertar al demonio, no bien llegó a entreverle, apresuróse a enseñarle sus nobles y linajudos talones.

Habíase eclipsado el brillante cielo de la corte, convencido de que sería el blanco obligado de la deshecha lluvia de balazos del pueblo. Nunca fué santo de la devoción de éste, pues según malas lenguas, Satanás le había inoculado su orgullo y Sardanápalo su lujo y su molicie. La corte entera, desde su punto central y exclusivo hasta todos los puntos podridos de su circunferencia de intrigas, corrupciones y disimulo, había abandonado aquella atmósfera malsana. También había desaparecido la realeza: sitiada en su palacio, quedó «en suspenso» al llegar hasta ella las furiosas olas.