En el mes de agosto del año de mil setecientos noventa y dos, la casta de los señores estaba dispersa por el mundo.

Como es natural, el cuartel general, el centro de reunión del señorío en Londres era el Banco Tellson. Dicen que los espíritus rondan los lugares donde yacen sepultados sus cuerpos, y conformándose a esta ley, el señor sin un cuarto rondaba el lugar donde en tiempos mejores estuvieron depositados sus cuartos. Además, el Banco Tellson era el centro al que con más rapidez llegaban nuevas de Francia: llevaba su generosidad hasta el punto de hacer adelantos a los que fueron sus clientes en tiempos de prosperidad; guardaba en sus arcas inmensas sumas depositadas por nobles que, más previsores que la generalidad, vieron que se condensaba la tormenta y se adelantaron a los robos y a las confiscaciones, y finalmente, cuantas personas llegaban de Francia, principiaban por dejarse ver en el Banco Tellson, donde hacían historia de los últimos sucesos. Por toda esta variedad de razones, era el Banco Tellson por aquella época una especie de Palacio de la Bolsa por lo que a asuntos o personas francesas se refiriera, circunstancia que conocía tan perfectamente el público, y que daba lugar a tantas preguntas y comisiones, que con frecuencia se hacían constar las noticias últimas en cartelones que se colgaban de las ventanas del edificio, para que pudieran leerlas cuantos pasaran frente al Tribunal del Temple.

Una tarde brumosa y de calor sofocante, Lorry y Carlos Darnay, sentados frente a la mesa de trabajo del primero, conferenciaban en voz baja. Faltaría sobre media hora para cerrar el establecimiento.

—Ya sé que es usted el hombre más joven que ha existido en el mundo;—dijo Carlos Darnay con muestras de vacilación,—pero aun así, perdone que le diga...

—Comprendo: que soy muy viejo, ¿verdad?—interrumpió Lorry.

—Tiempo inseguro, viaje largo, medios inciertos y país en estado anárquico, amén de una ciudad que ni a usted puede ofrecer garantías.

—Mi querido Carlos—replicó Lorry con confianza,—las razones que usted acaba de apuntar, lejos de desanimarme, lejos de conspirar contra mi proyecto de hacer el viaje, conspiran para que lo haga. Nadie tendrá el mal gusto de meterse con un viejo de casi ochenta años, cuando puede hacerlo con tantos otros jóvenes, robustos, y más dignos de ese honor que yo. Dice usted que se trata de una ciudad desorganizada, y yo contesto que, si en ella reinase el orden, no sé por qué nuestra casa de aquí había de enviar a nuestra casa de allá a uno que conoce de antiguo la ciudad y los negocios de la ciudad, y posee además la confianza de Tellson. En cuanto a los inconvenientes que puedan originar la incertidumbre de los medios de locomoción, lo largo del viaje y lo inseguro del tiempo, si yo no estuviera dispuesto a afrontar todos esos inconvenientes en obsequio a la casa, después de haber envejecido en ella, ¿quién lo estará?

—Desearía ir yo mismo—dijo Carlos, como quien piensa en voz alta.

—¡Hombre!—exclamó Lorry.—¡Voy viendo que es usted un asesor de primera fuerza y un consejero que no tiene rival! ¿Conque usted mismo, eh? Y nacido en Francia, ¿eh? ¡Buen consejo, amigo, buen consejo!

—Precisamente porque he nacido en Francia, mi querido señor Lorry, ha cruzado y cruza con frecuencia por mi mente aquel pensamiento. Yo encuentro muy natural que así piense el que conserva alguna simpatía por aquel pueblo desdichado, el que le ha abandonado algo que era suyo, y como consecuencia, cree que su voz sería escuchada, y que acaso consiguiera contener un poquito el desorden. Anoche mismo, después que usted se despidió de nosotros, estaba yo diciendo a Lucía...