—¡Estaba usted diciendo a Lucía!...—repitió Lorry.—¡Francamente! ¡Me admira que no se avergüence usted de pronunciar en este instante el nombre de Lucía! ¡Canastos! ¡Nombrar a Lucía cuando desea irse a Francia en estas circunstancias!
—¡No he ido todavía!—contestó Carlos sonriendo.—Más que por otra cosa, hablo así a fin de contrarrestar el propósito que usted asegura que ha formado de ir.
—Lo he formado, sí, Carlos: nada más cierto. Voy a hablarle con franqueza, mi querido amigo. No puede usted figurarse siquiera las dificultades con que tropiezan todos nuestros negocios, ni el peligro que amenaza a nuestros libros y documentos de allá. Sólo Dios puede saber las fatales consecuencias que para muchas personas entrañaría la pérdida o destrucción de algunos de los documentos allí depositados, y que corren peligro de perderse, peligro de ser destruídos, lo sabe usted como yo, como lo sabe todo el mundo. ¡Quién puede decir si hoy mismo habrá ardido París por los cuatro puntos cardinales, si será mañana saqueado en regla! Ahora bien: únicamente yo puedo prevenir los males, haciendo una selección prudente y escondiendo bajo tierra o trasladando a lugar seguro los documentos en cuestión, y para ello, precisa que no pierda ni un segundo de tiempo. ¿Puedo yo hacerme el remolón cuando la casa sabe lo que acabo de decir, y cuando la casa lo dice... la casa cuyo pan vengo comiendo desde hace sesenta años, la casa en una de cuyas articulaciones me he introducido como cuña? ¡Quite usted allá, hombre! ¿Ignora usted que soy un mozalbete, comparado con muchos que presumen de jóvenes y no son otra cosa que vejestorios caducos?
—¡Admiro la gallardía de su espíritu juvenil, señor Lorry!
—¡A callar! No olvide usted, mi querido Carlos, que sacar hoy el objeto más insignificante de París, es punto menos que imposible. Hoy mismo hemos recibido documentos preciosos—excuso recomendarle la reserva más absoluta,—y los hemos recibido de manos de los portadores más extraños que pueda usted imaginar, portadores cuyas cabezas pendían de un cabello mientras cruzaban las Barreras. En otras ocasiones circulaban nuestros paquetes de una a otra nación sin dificultad alguna: hoy todo está paralizado.
—¿Y piensa usted emprender el viaje esta noche?
—Esta noche sin falta. Tal se han puesto los asuntos, que no se puede perder segundo.
—¿No le acompaña nadie?
—Me han sido propuestas gentes de todas las clases y condiciones, pero a nadie he dicho palabra. Pienso llevarme a Jeremías. Por espacio de muchos años ha sido mi perro de presa, mi acompañante obligado a mis salidas domingueras, y estoy acostumbrado a él. Nadie ha de ver en Jeremías otra cosa que un bull-dog inglés, incapaz de abrigar otros designios que el de lanzarse sobre cualquiera que se atreva a tocar el pelo de la ropa a su amo.
—Repito que admiro su gallardía de ánimo y sus arrestos.