—Y yo repito que dice usted una tontería, amigo Carlos. Una vez haya dado fin a esta pequeña comisión, es posible que acepte la proposición de Tellson de retirarme y vivir tranquilo. Entonces es cuando me sobrará tiempo para pensar en que me voy haciendo viejo.
Había tenido lugar el diálogo que queda transcrito en el despacho del señor Lorry, a una o dos varas de distancia de un enjambre de señores, cuya conversación, bastante animada por cierto, versaba sobre la venganza que muy en breve tomarían sobre el ruin populacho. Realmente era inconcebible que los señores, en su calidad de emigrados, y como tales, víctimas de infinidad de reveses, y la nativa ortodoxia inglesa, hablasen de aquella Revolución terrible cual si fuera cosecha de frutos no sembrados, cual si no hubiesen sido puestos todos los medios humanos para producirla, cual si no hubieran visto y anunciado con palabras clarísimas su llegada inevitable muchos observadores que necesariamente habían de hacerse cargo de la miseria intolerable que afligía a millones de hijos de Francia y del empleo desastroso que se daba a los recursos que hubiesen podido hacerles prósperos y felices. Difícilmente podía sufrir ningún hombre de alma sana y conocedor de la verdad la serie de sandeces dichas con tono doctrinal, combinadas con complots extravagantes para restaurar un estado de cosas gastado y podrido hasta la médula. Las sandeces y las extravagancias, unidas a la intranquilidad de ánimo en que Carlos Darnay se encontraba, traían a éste impaciente y nervioso desde varios días antes, y la conversación que estaba oyendo no hizo más que exacerbar su impaciencia.
Entre los habladores figuraba Stryver, hombre que había subido ya varios escalones de la escalera de la gloria, y que estaba abocado a subir muchos más aún, no siendo, por consiguiente, de extrañar que se inclinara decididamente hacia la clase señorial. Hablaba en la ocasión presente con gran ardor de la necesidad de acabar de una vez con el pueblo, de exterminar sin piedad a la vil gentuza, de hacer desaparecer de la tierra a la canalla, para conseguir lo cual preconizaba medios que, en eficacia, allá se andaban con el de aquel sabio que, queriendo suprimir para siempre las águilas, propuso que se les espolvoreasen las colas con sal molida. Darnay escuchaba al abogado con profunda aversión, con repugnancia. Hasta se le ocurrieron deseos de marcharse para no oirle, y es más que probable que los hubiese llevado a la práctica de no haber venido los mismos sucesos a indicarle el camino que debía seguir.
La Casa acababa de acercarse a Lorry y, dejando sobre la mesa un pliego cerrado y sumamente ajado, preguntóle si había encontrado rastros de la persona a quien iba dirigido. La Casa dejó la carta tan cerca de Darnay, que éste hubo de leer la dirección. Verdad es que no le costó gran trabajo, pues precisamente el nombre escrito en el sobre era el suyo. Decía así.
«Muy urgente. Al Señor Marqués de Saint-Evrémond de Francia. Confiada a los señores Tellson y Compañía, Banqueros, Londres, Inglaterra.»
El doctor Manette, la mañana misma del matrimonio de su hija con Carlos Darnay, exigió a éste que guardase inviolable el secreto de su apellido, hasta tanto que el doctor le desligara de la obligación. Nadie conocía su título, que hasta para su mujer era un secreto. En cuanto a Lorry, ni remotamente podía sospecharlo.
—No—contestó Lorry a la Casa.—He preguntado a cuantas personas han venido a esta casa, pero nadie ha sabido decirme dónde se encuentra ese caballero.
Como había sonado la hora de cerrar el Banco, casi todos los amigos de dar trabajo a la lengua se habían refugiado en el despacho de Lorry. Este conservaba en sus manos la carta mirándola con perplejidad manifiesta. También la miraba la casta señorial, pero con ira, con ceño, cual si en vez de un pedazo de papel estuviera viendo un refugiado indigno de la raza a que pertenecía. Este, aquél, el de más allá, todos tenían algo que decir con contra del Marqués que no parecía por parte alguna.
—Sobrino, si no estoy mal enterado... pero desde luego sucesor degenerado de aquel ilustre y refinado Marqués que fué villanamente asesinado—dijo uno.—Me cabe la fortuna de no haberle visto en mi vida.
—Un cobarde que abandonó su puesto hace algunos años—terció otro señor, que había salido de París metido de cabeza en el centro de una carretada de paja, con los pies en alto y medio asfixiado.