—Corrompido por las nuevas doctrinas—repuso un tercero,—se declaró en oposición abierta contra el último Marqués, abandonó sus tierras no bien las heredó, y las confió a un hato de rufianes. Espero que ellos mismos le darán ahora el pago a que se ha hecho acreedor.

—¿Eso hizo?—gritó Stryver.—¿Tan canalla es ese hombre? Veamos... veamos su infame apellido.

Darnay, cuya resistencia tocaba a su fin, tocó en un hombro a Stryver y dijo:

—Yo conozco a ese señor.

—¡Por todos los diablos juntos!... ¿Usted le conoce? Lo siento en el alma.

—¿Por qué?

—¿Pregunta usted por qué, Darnay? ¿Pero no ha oído usted lo que ha hecho?

—Lo he oído, sí; pero pregunto a usted que por qué siente que yo le conozca.

—En ese caso, repetiré a usted, señor Darnay, que siento que usted conozca a ese hombre indigno, y que lamento que no se le alcance a usted por qué lo siento. Me aflige sobremanera oir las preguntas inconcebibles que usted hace. Nos hablan aquí de un sujeto corrompido por la más pestilente e impía de las podredumbres, de un individuo el más vil que jamás ha existido en el mundo, que abandona sus bienes a la hez de a tierra, a los canallas cuyo credo es el asesinato y el robo, ¿y me pregunta usted por qué lamento que un hombre que se dedica a enseñar a la juventud le conozca? ¿Se empeña en saberlo? ¡Vaya, se lo diré! Lo siento porque creo que miserables como el que nos ocupa contagian a quien los conoce. Y lo sabe usted.

Darnay, conteniéndose a duras penas, contestó: