—Quizá no comprende usted al caballero a quien se refiere.
—Pero sé muy bien cómo poner a usted entre la espada y la pared, y voy a hacerlo—gritó Stryver.—Si ese individuo es un caballero, desde luego no le comprendo; puede usted decírselo así de mi parte, y darle de paso mis recuerdos. También puede añadirle de parte mía, que después de abandonar a la gentuza los bienes patrimoniales, me admira sobremanera que no se haya puesto a la cabeza de los ladrones y asesinos... Pero no, caballeros, no; yo, que conozco un poquito el natural humano, me atrevo a asegurarles que no encontrarán nunca a un sujeto como ése que se confíe a los tiernos cuidados de sus humildes protegidos. No, caballeros, no; si algo de su persona deja ver a aquéllos, será, en todo caso, un par de talones, y aun éstos, sólo durante el tiempo que tarde en poner tierra de por medio.
Dichas estas palabras, que merecieron la aprobación unánime de sus oyentes, salió a la calle Fleet. Segundos después quedaban solos en el despacho Lorry y Carlos Darnay.
—Puesto que usted conoce a la persona a quien la carta va dirigida—dijo Lorry—¿quiere encargarse de hacerla llegar a sus manos?
—Con mucho gusto.
—¿Tendrá la bondad de explicarle que sin duda se la han dirigido aquí porque creían que nosotros le conocíamos, y que, ignorando quién era y dónde estaba, la carta está detenida desde hace algún tiempo?
—Así lo haré. ¿Cuándo sale usted para París?
—A las ocho salgo de aquí mismo.
—Yo volveré para despedirle.
Descontento consigo mismo, y más todavía con Stryver y con sus compatriotas, Darnay salió del edificio del Banco y, no bien llegó a una esquina donde creyó estar a cubierto de miradas indiscretas, abrió la carta, que estaba concebida en los siguientes términos: