La lectura de la carta que queda copiada infiltró en la intranquilidad latente de Darnay un torrente vigoroso de vida. El peligro que se cernía sobre la cabeza de un servidor antiguo, por cierto de los mejores, que no había cometido más crimen que el de serle leal a él y a su familia, fué para Darnay a manera de latigazo recibido en pleno rostro. La vergüenza se le subió a la cara con fuerza tal, que mientras caminaba al azar sin saber qué resolución adoptar, ni a mirar a los transeuntes se atrevía.

Sabía muy bien que, arrastrado por el horror de la hazaña que puso digno remate a las malas acciones y a la pésima reputación de su rancia familia, impulsado por las sospechas que su tío le inspirara y por la aversión con que su conciencia miraba la fábrica ruinosa que, según los de su casta, estaba en el deber de sostener y robustecer, había obrado de una manera imperfecta. Sabía muy bien que al ceder al amor que profesaba a Lucía, al renunciar el puesto que en sociedad le correspondía ocupar, se había precipitado, había procedido con reprensible ligereza. Sabía muy bien que su resolución debió llevarla a la práctica personalmente, como sabía que tuvo intención de hacerlo así, y que, sin embargo, no lo hizo.

La dicha del hogar que en Londres se había creado, la necesidad de hacer una vida activa, las continuas alteraciones de la época, tan bruscas y tan rápidas que los planes no bien madurados la semana anterior caían por tierra a la semana siguiente ante el impulso arrollador de nuevos acontecimientos, fueron circunstancias de peso a cuya fuerza cedió; lo sabía muy bien; pero tampoco se le ocultaba que, si a la fuerza de las circunstancias cedió con repugnancia, no intentó oponerles una resistencia continua y formal. Su conciencia le decía que deseó obrar y que varias veces anduvo acechando la ocasión; pero le añadía que otras tantas dejó pasar la oportunidad, mientras la nobleza salía en tropel de Francia por todos los caminos y veredas, mientras los bienes de aquella eran confiscados y destruídos, y hasta borrados del libro de la vida los nombres de los hasta entonces mimados por la fortuna.

Pero en cambio a nadie había oprimido, a nadie había llevado a la cárcel. Lejos de haber atropellado a nadie para que le pagase sus rentas, había abandonado libre y espontáneamente sus bienes, buscado refugio en una nación extraña, y ganado en ella el pan que llevaba a su boca con su propio esfuerzo. El señor Gabelle había administrado un patrimonio empobrecido a tenor de instrucciones escritas que le mandaban tratar bien al pueblo, darle lo poco que allí podía dársele... leña para calentarse en invierno y algunos frutos que le ayudaran a pasar el verano, que otra cosa no consentían los acreedores... y seguramente habría aducido estos hechos en descargo suyo. Se trataba de hechos públicos, de hechos que sin dificultad podían probarse; y si los hechos en cuestión justificaban ante el pueblo al administrador, huelga decir que eran patente de amigo del pueblo en favor de quien dictó las órdenes a que aquél ajustó su conducta.

Estas consideraciones robustecieron la resolución de hacer el viaje a París que Darnay había casi adoptado con anterioridad al recibo de la carta de Gabelle.

Sí. Semejante al marino de la antigua leyenda, los vientos y las corrientes habíanle arrastrado hasta colocar su nave dentro del radio de influencia de la Montaña Imantada, y ésta le atraía cada vez con fuerza más irresistible. Cuantos pensamientos germinaban en su mente, le impelían, le empujaban hacia el centro de aquella atracción terrible. Obedecieron sus impaciencias primeras al pensamiento de que su desdichada patria, guiada por instrumentos malos, perseguía objetivos malos y corría desbocada al abismo, mientras él, que acaso hubiese podido imprimir mejor dirección a las ansias nacionales, permanecía en Londres sin intervenir, sin intentar algo que pusiera fin a la brutal efusión de sangre, algo que afianzase los derechos a la piedad, a la humanidad, desconocidos a la sazón. Cuando ya en su alma se agitaban esos remordimientos, vino a centuplicar su fuerza la conducta del anciano Lorry, quien, dócil a la voz del deber, se apresuraba a afrontar los riesgos tremendos que entrañaba un viaje a Francia en aquellas circunstancias, y por si esto no bastaba, vinieron los comentarios de los señores, comentarios que le hirieron profundamente, y los de Stryver, mil veces más duros que los de aquéllos. A todo ello había seguido la carta de Gabelle, la carta de un prisionero inocente que, viniéndose al borde de la tumba, hacía un llamamiento desesperado a su justicia, a su honor y a su apellido.

No tardó en resolverse; iría a París.

Sí. La Montaña Imantada le arrastraba y no había más remedio que enfilar hacia ella la proa de su esquife. Ignoraba que en los mares que iba a surcar hubiera escollos, no creía que la travesía ofreciera peligros para él. La intención que le guió al obrar como había obrado, siquiera su obra hubiese quedado incompleta, parecíale más que suficiente para conquistarle el agradecimiento de Francia, tan pronto como él se presentase en su suelo e hiciera valer los derechos que le asistían. Ante sus ojos se alzaba la visión gloriosa de haber obrado bien, y hasta llegó a forjarse ilusiones de que tendría alguna influencia para encauzar aquella revolución horrenda, que con furia tan incontrastable se había alzado, amenazando acabar con todo lo existente.

Adoptada su resolución, creyó que ni Lucía ni el doctor Manette debían conocerla hasta que la hubiese puesto en práctica. En cuanto a Lucía, nada más natural que evitarla el dolor de la separación, y en cuanto a su padre, cuya resistencia a pensar en los lugares donde tantos sufrimientos apurara en años pasados era tan viva, tampoco convenía hablarle del proyecto, sino de la ejecución del mismo, única manera de evitarle dudas dolorosas.

Tales fueron los pensamientos que le agitaron hasta que llegó la hora de despedirse de Lorry. Tampoco a éste confiaría sus intenciones. Las sabría en París cuando estuvieran ya realizadas, cuando le hiciera una visita, y esta visita, se la haría tan pronto como llegase a la capital de Francia.