El rechoncho alcaide le dirigió una mirada a través de los sucios cristales de las antiparras, sin las cuales no podía leer, a fin de cerciorarse de que había pasado al lugar que debía ocupar, y comprobado ese extremo, continuó leyendo la lista, haciendo una pausa parecida después de cada nombre. Veintitrés fueron los nombrados, pero como de ellos había fallecido uno en la cárcel, y la Santa Guillotina había hecho rodar las cabezas de otros dos, aunque ni de éstos ni de aquél se acordaba nadie, sólo veinte contestaron al llamamiento. La lista fué leída en la misma pieza abovedada donde Carlos encontró reunidos a tantos prisioneros la noche de su ingreso en la cárcel. Todos ellos habían sido despedazados por las turbas el día de la matanza general, y los que con posterioridad entraron, volvieron a salir para tomar en el cadalso el pasaje para el otro mundo.
Cruzáronse entre los que salían y los que quedaban algunas frases de despedida y de aliento, no muchas, pues aparte de tratarse de un incidente que se repetía todos los días, la sociedad de La Force tenía en proyecto para aquella noche la celebración de algunos juegos, y había que aprovechar el tiempo para ultimar el programa. Los que quedaban acompañaron a los que se iban hasta la reja de salida de la sala, vertieron algunas lágrimas, y se volvieron, pues era preciso rellenar los veinte huecos que los ausentes dejaban vacantes, si no querían renunciar a los esparcimientos de la velada, y había que hacerlo antes de la hora de silencio, en que se confiaba la vigilancia del establecimiento a ejércitos de feroces mastines que llenaban los corredores y salas contiguas. Y no es que los prisioneros fueran insensibles ni duros de corazón; pero en su carácter, en su manera de ser, influía, como no podía menos, la condición de la época. De la misma manera que aquéllos vieron salir punto menos que impasibles a sus compañeros de infortunio, hubo muchos que, intoxicados, cediendo sin duda a una especie de fervor que hoy apenas se comprende, pero muy natural en aquel tiempo, desafiaron sin ninguna necesidad al pueblo, y corrieron espontáneamente en busca de las caricias de la guillotina, sin que en su acto influyera poco ni mucho la jactancia, sino la infección general consiguiente al brutal sacudimiento del alma pública. En épocas de pestilencia, se ven personas a quienes atrae misteriosamente el contagio, personas que desearían morir de él. Y es que todos llevamos encerradas en el fondo de nuestras almas rarezas dormidas que no necesitan más que el concurso de determinadas circunstancias para despertar.
Breve y obscuro era el paso desde La Force a la Conserjería, largas y frías las noches pasadas en las pestilentes celdas de la última. Quince prisioneros comparecieron ante el Tribunal a la mañana siguiente, antes que fuera llamado a comparecer Carlos Darnay. Las vistas de los quince duraron hora y media, y los quince fueron condenados a muerte.
«Carlos Evrémonde, alias Darnay,» llamaron al fin.
Lucían los jueces sombreros adornados con plumas, pero fuera de ellos, toda la concurrencia llevaba gorros de lana colorados con sus correspondientes escarapelas tricolores. Bastaba dirigir una mirada al Tribunal para sospechar que había sido invertido el orden natural de las cosas y que los criminales juzgaban a los hombres honrados. Inspiraba las sentencias el populacho más vil, más cruel, más criminal de la ciudad, y las inspiraba poniendo en sus inspiraciones cantidades inmensas de bajeza, de crueldad y de ruindad, ora comentando a grito herido, ora aplaudiendo, ora anticipando y precipitando el resultado de las deliberaciones. Todos los hombres que llenaban la sala iban armados hasta los dientes; todas las mujeres llevaban cuchillos y dagas, algunas comían, otras bebían, otras hacían calceta. Entre estas últimas había una que se distinguía por su laboriosidad. Estaba sentada en una de las primeras filas junto a un hombre a quien Carlos no había vuelto a ver desde el día que llegó a la Barrera de París, pero que le recordaba a Defarge. Observó aquél que la mujer habló dos o tres veces en voz muy baja a su vecino de asiento, lo que le hizo suponer que era su mujer, pero lo que más poderosamente llamó su atención, fué que no obstante encontrarse lo más cerca posible de él, ni una sola vez le miraron. Volvía con frecuencia los ojos a los jueces, como si esperasen algo, pero nada más. Cerca del Presidente del Tribunal estaba sentado el doctor Manette, tranquilo como siempre y vestido como siempre. El prisionero reparó en que solamente el doctor y el señor Lorry, sentado a su lado, vestían como de ordinario, y no ostentaban la soez indumentaria de la Carmañola.
Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, fué acusado por el Fiscal público de emigrado cuya vida correspondía a la República a tenor del decreto que proscribía a todos los emigrados bajo pena de muerte. Que el decreto en cuestión hubiese sido promulgado cuando ya el acusado estaba en Francia, era circunstancia trivial que no merecía tenerse en cuenta. Existía el decreto, tenían delante al acusado que había sido preso dentro de las fronteras de Francia, y la República pedía su cabeza.
—¡Que ruede su cabeza!—rugió el público—¡Muera ese enemigo de la República!
El Presidente agitó la campanilla para acallar aquellos gritos, y preguntó al acusado si no era cierto que había residido muchos años en Inglaterra.
Darnay contestó afirmativamente.
—¿Y dices que no eres emigrado? ¿Qué nombre te das, pues?