»—Doctor—me dijo;—son muy altivos esos nobles; pero también nosotros, los perros miserables, tenemos nuestro orgullo. Nos roban, nos saquean, nos ultrajan, nos vilipendian, nos apalean, pero todo ello no basta para ahogar nuestra altivez. Ella... ¿la ha visto usted, doctor?

»Llegaban hasta allí los gritos de la infeliz, bien que muy amortiguados por la distancia. A la que los daba se refería el herido como si hubiera estado a su lado.

»—La he visto, sí—contesté.

»—Es mi hermana, doctor. Habrán tenido esos nobles durante muchos años derechos vergonzosos sobre la modestia y la virtud de nuestras hermanas; pero entre nosotros quedan muchachas buenas, muchachas que saben resistir sus violencias. Yo lo sé, y he oído a mi padre afirmarlo así. Mi hermana es una de ellas. Tenía relaciones amorosas con un joven, bueno también y honrado, vasallo de este noble que está ahí... todos éramos vasallos suyos... El otro es su hermano, el representante más vil de su despreciable raza.

»El desventurado tenía que hacer esfuerzos verdaderamente sobrehumanos para poder hablar; pero si le faltaban energías corporales, sobrábanle las del alma, y hablaba con extraordinaria entereza.

»—Nos robaba ese hombre que está ahí con la frialdad e indiferencia con que nos roban a los que somos perros vulgares esos seres de naturaleza superior a la humana... nos despojaba sin compasión, nos obligaba a trabajar sin pagarnos, a llevar nuestro trigo a su molino, a alimentar sus aves de corral con nuestras cosechas, pero imponiendo pena de muerte al que tuviera la osadía de apoderarse de una de ellas, nos saqueaba y robaba hasta un grado tal, que si alguna vez, por misericordia de Dios, teníamos una piltrafa de carne que llevar a la boca, la comíamos muertos de miedo, atrancando antes las puertas y las ventanas de nuestras pobres casas, a fin de que sus gentes no la vieran y nos la robaran. Repito que de tal suerte nos despojaban, de tal suerte nos acosaban, de tal suerte nos hacían imposible la vida, que mil veces he oído decir a mi padre que era para nosotros una desgracia inmensa traer a un hijo al mundo, y que debiéramos suplicar a Dios condenase a la esterilidad a todas las mujeres de nuestra casta, a fin de que ésta se extinguiera de una vez y para siempre.

»Jamás había yo presenciado la explosión de los sentimientos de los infelices oprimidos; suponía, sí, que en el fondo de su alma guardaban almacenadas cantidades inmensas de odio contra sus opresores; pero su estallido era para mí espectáculo nuevo hasta aquella noche.

»—Mi hermana, doctor, se casó, a pesar de todo. Su pobre prometido andaba mal de salud por entonces, y mi hermana se casó para atenderle y cuidarle en nuestra cabaña... nuestra perrera, como diría ese monstruo que tenemos delante. Pocas semanas llevaba de casada, cuando tuvo la desgracia de que la viera el hermano de ese hombre; le gustó, y con la mayor naturalidad del mundo pidió a su hermano mayor que se la prestase. ¿Qué importaba que estuviera casada? ¡Son tan poca cosa los maridos entre nosotros!... El hermano mayor accedió sin inconveniente, pero mi hermana era buena y virtuosa, y por añadidura, detestaba a su admirador con tanta fuerza como le detesto yo. ¿Qué creerá usted que hicieron entonces los dos hermanos para recabar del marido de mi hermana que ejerciese sobre ésta toda su influencia hasta obligarla a rendirse a sus torpes deseos?

»Los ojos del muchacho, fijos hasta entonces en los míos, volviéronse poco a poco hacia los del noble, en cuya cara no me fué difícil leer la verdad de los cargos que se le hacían. Aun aquí, en el interior del sepulcro de la Bastilla en que me encuentro desde tantos años, creo ver las dos clases de orgullo, perfectamente distintas, que reflejaban las dos caras: indiferencia y hielo respiraba la del caballero; deseos furiosos de venganza la del muchacho campesino.

»—Usted sabe, doctor, que uno de los derechos de esos nobles consiste en aparejarnos a los que somos perros miserables, engancharnos a sus carros y obligarnos a tirar. Pues bien; al marido de mi hermana lo engancharon, convenientemente atalajado, a un carro, y le obligaron a tirar de él. Sabe usted, doctor, que entre los derechos de esos nobles figura el de obligarnos a pasarnos las noches en sus terrenos, imponiendo silencio a las ranas a fin de que sus cantos no perturben su noble sueño; el marido de mi hermana se pasaba las noches a la intemperie y los días tirando del carro. No por ello se dejó persuadir... ¡No! Un día, cuando le libraron de los aparejos y le despidieron para que se fuera a comer... si encontraba qué, exhaló doce sollozos, uno por cada campanada que daba el reloj—era mediodía—y murió en los brazos de mi hermana.