»Sólo las ansias de explicar el agravio recibido sostenían la vida en aquel cuerpo moribundo. Buscando en su determinación energías que no encontraba en su organismo, alejó las sombras de la muerte que le invadían y oprimió con mayor fuerza que nunca su herida por la cual escapaba su vida.
»—Muerto el marido de mi hermana, con la autorización de este hombre, y hasta con su apoyo material, su hermano se apoderó violentamente de la pobre viuda, a la que necesitaba para sus placeres, para su diversión de momento. La tropecé en el camino cuando se la llevaban. Llevé la noticia a nuestra casa, y al oirla mi padre, estalló en mil pedazos su corazón. Inmediatamente acompañé a mi hermana menor, tengo dos... hasta un sitio donde no se hallara al alcance de ese hombre, hasta un sitio donde no fuera su vasalla. Volví luego, seguí al hermano de ese noble, y anoche le salí al encuentro, yo, un perro despreciable, pero con la espada en la mano... ¿Dónde está la ventana?... ¿No había aquí una ventana?
»Abandonábale la vida y con la vida la luz. Tendí yo en derredor mis miradas, y advertí que el heno y la paja que cubrían el suelo estaban pisoteados y hollados, cual si allí hubiese teñido lugar una lucha encarnizada.
»—Me oyó mi hermana y acudió corriendo. Yo la dije que no se acercara hasta que estuviera muerto su infame raptor. Este me tiró algunas monedas, y a continuación, me cruzó la cara con su látigo; pero yo, no obstante ser un perro despreciable, lo abofeteé hasta obligarle a desenvainar su espada. ¡Que rompa ahora la hoja de una espada manchada con la sangre de un villano, que la haga mil pedazos, que siempre será cierto que hubo de desenvainarla para defender su vida, y que si me hirió, fué apelando a toda su habilidad!
»Momentos antes había visto yo, desparramados por el suelo, pedazos de una espada; era de caballero. Un poco más allá, sobre la paja, había otra espada vieja, una espada de soldado.
»—Incorpóreme, doctor, incorpóreme; ¿dónde está ese hombre?
»—No está aquí—contesté sosteniendo al moribundo, creyendo que se refería al hermano.
»—¡Claro! ¡Con toda su altivez de noble me tiene miedo! ¿Y el hombre que estaba aquí? ¡Vuélvame hacia él... quiero verle!
»Hícelo así, apoyando sobre mi rodilla la cabeza del muchacho; pero éste, reanimadas por un momento todas sus energías, se puso en pie, obligándome a hacer otro tanto para sostenerle.