»—¡Marqués!—gritó, con mirada dilatada y levantando el brazo.—Llegará día en que todos los hombres habrán de dar cuenta estrecha de sus actos; para ese día te emplazo a ti y a todos los tuyos, desde el primero hasta el último de tu maldita raza, para que respondáis de vuestros crímenes. Sea esta cruz que con sangre estampo sobre tu cara testimonio de mi emplazamiento. Para el día en que todos los hombres habremos de dar cuenta estrecha de nuestros actos emplazo también a tu hermano, el más vil de una raza vil y miserable, para que responda de los suyos por separado; sobre su cara estampo esta otra cruz con mi sangre, como testimonio de mi emplazamiento.

»Dos veces llevó la mano a la sangrienta herida de su pecho y con el dedo índice trazó dos cruces en el aire. Permaneció algunos segundos con el dedo índice rígido, levantado y cayó muerto...

»Cuando volví a la estancia donde dejé a la enferma, la encontré delirando como la había dejado, y repitiendo las mismas palabras y con el mismo orden de siempre. Desde luego adiviné que la crisis duraría muchas horas y que, probablemente, terminaría con su muerte.

»Repetí las medicinas y me senté junto a la cama, donde permanecí hasta que la noche estaba ya muy avanzada. Los gritos de la enferma continuaron con la misma intensidad, con el mismo orden, sin variar una sola palabra. «Mi marido... mi padre... mi hermano... Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce.»

»Treinta y seis horas hacía que la vi por primera vez, y el estado de la enferma en nada había variado. Me encontraba sentado a la cabecera de su lecho cuando la crisis comenzó a ceder. Cesaron los gritos, terminaron los estremecimientos, y al poco rato quedó aletargada, como muerta.

»Llamé entonces a la enfermera para que me ayudara a colocarla bien en la cama y a ordenar sus vestidos, desgarrados por mil sitios, y entonces me di cuenta de que la desdichada estaba encinta, y perdí las pocas esperanzas que de salvarla abrigaba.

»—¿Ha muerto ya?—preguntó el Marqués, que acababa de entrar en la estancia, después de un paseo a caballo.

»—No ha muerto, pero muerta parece—respondí.

»—¡Qué resistencia tienen estos villanos!—exclamó, contemplándola con curiosidad.

»—Las penas y la desesperación suelen resistir lo indecible—contesté.