»Mis palabras excitaron en el primer momento su risa, pero luego frunció el entrecejo. Acercó con el pie una silla a la que yo estaba sentado, mandó a la enfermera que nos dejase solos, y dijo, con voz baja:

»—Doctor, al ver a mi hermano en la dificultad en que se encontraba, le aconsejé que buscase a usted. Goza usted de una reputación envidiable, pero todavía tiene que labrarse su fortuna, y supongo que no ha de serle indiferente lo que afecte a sus intereses. Está usted presenciando cosas que pueden verse, pero nunca decirse.

»Yo fingí que prestaba atención a la respiración de la enferma y no contesté.

»—¿Me dispensa usted el honor de escucharme, doctor?

»—En mi profesión, caballero, cuantas noticias se dan al médico referentes a los enfermos, se entiende que son confidenciales—contesté, evitando comprometerme a nada, pues lo que había oído y visto llenaba mi alma de recelos.

»La respiración de la infeliz se iba dificultando en tales términos, que hube de buscar síntomas de vida en su pulso y en los latidos de su corazón. Para ello me fué preciso levantarme de la silla, y cuando volví a sentarme me encontré frente a frente de los dos hermanos...

»Tropiezo para escribir con dificultades horribles. En primer lugar, el frío es insoportable, y, como por otra parte, temo con fundamento que averigüen que escribo, en cuyo caso me encerrarían en un calabozo subterráneo adonde no llega ni un hilo de luz, conceptúo prudente abreviar todo lo posible mi narración. Mi memoria no puede ser más fresca; conservo en ella todos los detalles, todas las palabras que se cruzaron entre mí y los dos hermanos.

»Por espacio de una semana, estuvo la enferma entre la vida y la muerte; más cerca de la última que de la primera. Hacia el final de la semana, logré entender algunas palabras que me dijo, aplicando mi oído a sus labios. Me preguntó dónde se encontraba, y se lo dije; deseó saber quién era yo, y satisfice su deseo; pero fué en vano que yo la preguntara su apellido; cayó su cabeza sobre la almohada, y guardó su secreto, como lo guardara antes que ella su hermano.

»No tuve ocasión de hacerla nuevas preguntas hasta después que manifesté a los hermanos que la enferma se moría, y que no viviría un día más. Hasta entonces, aunque ninguno de los dos se dejó ver de la enferma, unas veces el uno, otras el otro, se encontraban invariablemente detrás de una cortina tendida en la cabecera de la cama; pero al comunicarles yo mi pronóstico, parece que ya no les importó que yo hablase con la moribunda; ya no trataron de impedir las confidencias que la que estaba para abandonar el mundo pudiera hacer a quien... se encontraba probablemente en el mismo caso.