»Siempre observé que el hecho de que el hermano menor (continuaré llamándole así) hubiera cruzado la espada con un muchacho, y por añadidura labriego y plebeyo, hería profundamente el orgullo de los dos. Lo que al parecer les afectaba, no eran las desgracias que habían ocasionado, sino el pensamiento de que el incidente aludido degradaba a la familia y la colocaba en situación altamente ridícula. Infinidad de veces sorprendí en los ojos del hermano menor miradas que rebosaban odio, aunque aparentemente me trataba con mayor finura que el mayor. Tampoco se me ocultó que para este último era yo estorbo molesto.

»Murió mi enferma a las diez de la noche. Me encontraba yo solo a su lado, dobló su juvenil cabeza, terminaron para siempre sus desdichas sobre la tierra.

»En la planta baja de la casa esperaban los hermanos.

»—¿Ha muerto al fin?—preguntó el mayor, al verme entrar.

»—Acaba de morir—contesté.

»—Sea en hora buena, hermano—repuso, volviéndose hacia el menor.

»Ya antes me habían ofrecido dinero, que yo no acepté, diciendo que ultimaríamos ese detalle al final. El hermano mayor me entregó un cartucho de monedas de oro, que yo recibí de su mano, pero que dejé seguidamente sobre la mesa. Había meditado el asunto, y de la meditación resultó el propósito decidido de no aceptar nada.

»—Dispénsenme ustedes—dije;—dadas las circunstancias, nada debo aceptar.

»Los hermanos cambiaron una mirada, me hicieron una inclinación de cabeza, que yo contesté con otra, montaron a caballo, y se fueron....