»Me siento cansado, rendido, extenuado... Ni leer puedo lo que mi descarnada mano ha escrito.

»A la mañana siguiente, muy temprano, trajeron a mi casa el cartucho de monedas de oro, colocado dentro de una cajita dirigida a mi nombre. Yo, entretanto, después de largas meditaciones, había resuelto ya la norma de conducta que habría de seguir. Decidí escribir aquel mismo día al Ministro, haciéndole historia de los dos casos en que había intervenido y detallando el lugar en que aquéllos ocurrieron; en una palabra: enviarle una relación circunstanciada, bien que con carácter particular. Conocía yo hasta dónde llegaban las influencias en la Corte, no eran para mí un secreto los privilegios e inmunidades de que gozaban los nobles, y, como consecuencia, suponía que mi escrito no daría ningún resultado; pero aun así, quise tranquilizar mi conciencia. Decidí no revelar a nadie mi secreto, ni siquiera a mi mujer, y así lo hice constar en la carta dirigida al Ministro. No creí que a mí me amenazase peligro alguno; pero supuse que lo correrían otros, si los comprometía haciéndoles dueños del secreto que yo poseía.

»Estuve aquel día tan ocupado, que no me fué posible terminar la carta hasta después de cerrar la noche. A la mañana siguiente, dejé el lecho antes de la hora acostumbrada. Era el último día del año. Acababa de dar la última mano a la carta, cuando me avisaron que me esperaba una señora que deseaba verme...

»Por momentos me considero más incapaz de dar cima a la tarea que me he impuesto. ¡Es tan insoportable el frío, tan escasa la luz, tan completa la parálisis de mis facultades, tan horrible la obscuridad de mi alma!...

»Era una señora joven, simpática y hermosa, pero señalada con el dedo descarnado de la muerte. La encontré presa de intensa agitación. Me dijo que era la esposa del marqués de Evrémonde. Yo relacioné el título de marqués que el muchacho moribundo diera al hermano mayor con la inicial que descubrí en la corbata blasonada y, con tales datos a la vista, no me fué difícil adivinar que el hombre de quien me había separado y el marqués de Evrémonde eran una misma persona.

»Aunque mi memoria continúa despejada, me es imposible consignar aquí las palabras que se cruzaron en nuestra conversación. Parece que la señora tenía noticia de la intervención que yo había tenido en un suceso que conocía en parte y en parte sospechaba. No sabía que la infortunada joven hubiese muerto. Sus deseos, según me manifestó anegada en lágrimas, eran visitarla en secreto y testimoniarla su simpatía, y sus anhelos, desviar la cólera de Dios suspendida sobre una casa que de antiguo venía siendo objeto del odio de tantos a quienes había precipitado en los negros abismos de la desgracia.

»El objeto de la visita de aquella señora, que tenía sus motivos para creer que la desdichada víctima de su marido dejaba una hermana más joven, era suplicarme que la indicase el nombre y lugar de la residencia de la hermana en cuestión, a fin de ayudarla y protegerla. No pude contestar otra cosa sino que, en efecto, existía aquella hermana; mas no facilitarla datos que desconocía entonces, y desconozco a la hora en que escribo estas líneas...

»Me falta ya el papel. Ayer me quitaron una hoja, temo que la vigilancia de que me hacen objeto es más estrecha que nunca, y hoy mismo es preciso que termine mi relato.

»La señora era buena, de corazón compasivo, y desgraciadísima en su matrimonio. El hermano de su marido la odiaba, desconfiaba de ella y empleaba en su contra toda su influencia. Ella le temía, y temía también a su marido. Cuando la acompañé hasta la puerta de mi casa, después de despedirse de mí, vi a un hijo suyo, que la esperaba en el coche, un niño precioso de dos a tres años de edad.