»—Por amor a este inocente, doctor,—me dijo la pobre madre hecha un mar de lágrimas,—he de llegar, en el camino de las reparaciones, hasta donde alcancen mis escasas fuerzas. Una voz interior me dice que ha de purgar el inocente hijo los delitos de su culpable padre, si oportunamente no ofrezco alguna expiación por ellos. Mi preocupación primera ha de ser inocular en su tierno corazón la compasión hacia sus semejantes, y mi postrer encargo, el de velar por la hermana que busco, si puedo encontrarla.

»Besó a continuación al niño, y le dijo:

»—Por ti lo hago todo, Carlos. ¿Olvidarás mis encargos?

»—Nunca—respondió con resolución el niño.

»No consigné en mi carta un nombre que me habían comunicado confidencialmente. La cerré, y no queriendo confiarla a nadie, aquel día la llevé yo mismo a su destino.

»Por la noche, era la última del año, a eso de las nueve, llamó en mi casa un hombre vestido de negro, dijo que necesitaba verme, y mi criado Ernesto Defarge lo condujo a mi presencia.

»—Un caso urgente en la calle St. Honoré—dijo.

»Salí inmediatamente. En la calle me esperaba un coche... que me condujo aquí, a la tumba. Apenas habíamos perdido de vista mi casa, cuando inopinadamente me amordazaron y sujetaron con cuerdas los brazos. No tardaron en salir los dos hermanos al encuentro del coche. El Marqués sacó del bolsillo la carta que yo había llevado al Ministro, me la enseñó, la quemó con la llama de una linterna que llevaba en la mano, y pisoteó las cenizas. No se habló ni una palabra. Me trajeron a esta tumba, y en ella sigo.

»Si en el lapso de estos horribles años, Dios se hubiera dignado tocar el corazón de cualquiera de los dos hermanos, no para que pusieran término a mi espantoso cautiverio, sino para que me dieran noticias de mi adorada esposa... para que me dijeran, ya que no otra cosa, si vive o ha muerto, creería que, a pesar de sus maldades, no los ha dejado por completo de su mano; pero hoy creo que las cruces rojas trazadas con sangre por el muchacho moribundo han sido fatales para ellos, creo que el Cielo los ha condenado. Como consecuencia, yo, Alejandro Manette, cautivo infortunado, en la noche última del año 1767, denuncio a los dos hermanos y a todos sus descendientes, hasta el último, a los tiempos que no pueden menos de llegar, en que los hombres castiguen maldades como las de que se han hecho reos. También los denuncio al cielo y a la tierra.»

Terribles rugidos siguieron a la lectura de este documento. No se oían palabras, que las gargantas no podían modular, sino rugidos que revelaban sed insaciable de sangre.