Ante aquel tribunal, y ante aquel auditorio, ninguna necesidad había de explicar cómo poseía Defarge aquel terrible documento que acababa de hacerse público, cómo no lo había tampoco de hacer saber que el nombre de aquella familia odiada figuraba desde largo tiempo antes en los formidables registros de San Antonio. No había nacido el hombre capaz de defender al mortal sobre quien pesase tan grave denuncia.

Venía a agravar hasta lo infinito la situación del condenado la circunstancia de que su delator fuera un ciudadano conocidísimo y muy respetable, su amigo del alma, nada menos que el padre de su mujer. Una de las aspiraciones más corrientes en el populacho era la de imitar las virtudes públicas de la antigüedad, sacrificarse por la causa del pueblo, inmolar los efectos más tiernos en aras de la República. He aquí por qué, cuando el Presidente dijo que el buen médico republicano no vacilaba en dejar viuda a su hija y huérfano a su nieto, a trueque de exterminar una familia de perniciosos aristócratas, las turbas dieron rienda suelta a un fervor patriótico salvaje, sin que en ningún pecho vibrasen las cuerdas de la simpatía humana.

—¿Conque le has rodeado de influencias poderosas, eh, doctor?—murmuró la señora Defarge, mirando, sonriendo, a La Venganza—¡Sálvale, doctor, sálvale ahora, si puedes!

Los jurados se expresaron por medio de rugidos. Cada voto emitido fué un rugido, la sentencia, una sucesión de rugidos.

Poco se hizo esperar el fallo. Carlos Evrémonde, por otro nombre Darnay, aristócrata de corazón y de sangre, enemigo de la República y feroz opresor del pueblo, volvería a la Conserjería para ser decapitado a las veinticuatro horas.

XI.
SOMBRAS

La feroz sentencia que condenaba a la última pena a un inocente fué para la esposa sin ventura agudo puñal que traspasó su tierno corazón. No exhaló, sin embargo, la infeliz un quejido; en el fondo de su alma se alzó una voz potente que la marcó el camino de su deber, diciéndola que su obligación era sostener a su esposo adorado en vez de acrecentar con las suyas sus agonías, y ante el conjuro de aquella voz, la joven se irguió arrogante, sobreponiéndose a los efectos del tremendo golpe recibido.

Los jueces levantaron la sesión para tomar parte en la bulliciosa manifestación pública que no podía menos de tener lugar después del incidente de la vista, y muy en breve, abiertas todas las puertas de la Sala de Justicia, salía el público, indiferente al dolor de Lucía, que tendía sus brazos anhelantes hacia la plataforma donde quedaba su marido.

—¡Si me fuera dado llegar hasta él, Dios mío! ¡Si pudiera darle un abrazo, uno solo! ¡Oh ciudadanos! ¡Buscad en vuestros pechos un resto de piedad y acceded a una súplica que os hago de rodillas!

No quedaban allí más personas que un carcelero con dos de los cuatro individuos que el día anterior fueron a prender a Carlos, y Barsad. El público corría ya bullicioso por las calles.