—Dejemos que le dé un abrazo—propuso Barsad a sus compañeros;—es cuestión de un momento.

Aquellas fieras se ablandaron. Lucía pudo llegar hasta el pie de la plataforma, y su marido, inclinándose sobre la barandilla, la estrechó entre sus brazos.

—¡Adiós, dulce alma mía!—dijo.—Abandono este mundo bendiciendo los amores que en él dejo. En la mansión donde duermen los odios y las pasiones humanas volveremos a encontrarnos.

—Espantosa es mi desventura, Carlos querido; pero la recibo resignada. No sufras por mí, que Dios me protege y sostiene mis fuerzas. ¡La última bendición para nuestro ángel, y adiós!

—Contigo se la envío, y al besarte a ti, beso a las dos, y de las dos me despido al hacerlo de ti.

—¡No... Carlos querido, no! ¡Un momento más!—exclamó Lucía, al ver que el condenado intentaba desasirse de sus brazos.—Nuestra separación no será larga. Presiento que mis amarguras pondrán pronto fin a mi triste vida; pero mientras me quede un soplo de energía, cumpliré con mi deber, y cuando deje a nuestra hija, el Dios misericordioso que me deparó almas buenas que, con su cariño y abnegación alegraron mi existencia, no ha de regateárselas a ella.

Habíala seguido su padre convertido en muda estatua del dolor, quien habría caído de rodillas a los pies de los dos, de no haberlo impedido Carlos.

—¡No... no!—gritó éste, tendiéndole los brazos—¿Ha cometido usted acaso alguna culpa, para postrarse de rodillas ante nosotros? ¡Ah, no! ¡Todo lo contrario! ¡Ahora es cuando me doy cuenta cabal de las torturas horribles que desgarraron su alma! ¡Ahora es cuando puedo aquilatar lo que usted sufrió cuando sospechó la sangre que por mis venas corría y la desesperación que debió sentir cuando las sospechas se trocaron en certeza! ¡Ahora es cuando comprendo las luchas encarnizadas que hubo de librar contra una antipatía natural, los esfuerzos que necesariamente tuvo que hacer para vencerla! ¡Con todo nuestro corazón le damos las gracias! Suyo es todo nuestro agradecimiento, suyo todo nuestro cariño. ¡Que el Cielo le bendiga, como le bendecimos nosotros!

No pudo contestar el anciano, pues ni su garganta agarrotada era capaz de articular palabra, ni en su cuerpo quedaban energías más que para mesarse los cabellos y lanzar alguno que otro quejido de angustia.

—Tenía que suceder así—repuso el reo.—Todo ha conspirado para llegar al fatal resultado a que llegamos. Han sido estériles cuantos esfuerzos he hecho para satisfacer aquella aspiración de mi santa madre a la que dió salida el día primero que usted la conoció y me conoció. Hubiera sido necio esperar bien alguno de una siembra tan abundante de males, hacerse ilusiones de que podría tener término feliz lo que se inauguró con principios fatales. Tenga valor, y perdóneme. ¡El Dios misericordioso le colme de bendiciones!