Separáronse los esposos; y mientras el reo se alejaba entre sus guardianes, su esposa permanecía mirándole, juntas las manos en actitud de súplica y con rostro radiante en el que predominaba una sonrisa acariciadora y confortadora. Sin embargo, no bien desapareció el condenado por la puerta que comunicaba con la cárcel, Lucía dobló su cabeza cual flor segada por el tallo, intentó hablar, y cayó desplomada en tierra.

Del obscuro rincón donde había permanecido oculto desde el comienzo de la vista, salió entonces Sydney Carton y alzó a la desventurada del suelo. No quedaban con ella más que su padre y Lorry. Temblaba el brazo de Carton mientras la levantaba, y, sin embargo, su expresión no era sólo de piedad; había en ella fuerte mezcla de orgullo.

—¿La llevo al coche?—preguntó.—No sentiré su peso.

En sus brazos la condujo hasta el coche que esperaba en la puerta, donde la acomodó. El anciano doctor y el buen Lorry se sentaron a su lado, y Carton se acomodó en el pescante, junto al cochero.

Llegados frente a la verja, al sitio en que horas antes se detuviera Carton procurando adivinar qué piedras habían hollado los pies de Lucía, sacó a ésta del coche, y en sus brazos la subió orgulloso hasta sus habitaciones, acostándola sobre un sofá. Lucita y la señorita Pross lloraban desconsoladas.

—No haga nada por disipar su desmayo.—dijo Carton a la última con voz muy baja.—Está mejor así.

—¡Oh Carton, Carton!—gritó Lucita, saltando al cuello de Carton y rodeándole con sus brazos.—Ahora que ha venido usted, no dudo que hará algo para consolar a mamá, para salvar a papá. ¡Véala usted, Carton! ¿Puede usted, puede nadie que la quiera contemplarla sin que salte hecho pedazos su corazón?

Carton dió un beso a la niña, separó con dulzura sus bracitos, contempló durante algunos segundos a la madre, y dijo:

—Antes de irme... ¿puedo besarla?

Más tarde recordaron los testigos de esta escena que, mientras rozaban sus labios las mejillas de la desmayada, murmuró algunas palabras. La niña, que era la que se encontraba más cerca, dijo después, y repitió muchas veces a sus nietos, cuando era una viejecita encorvada bajo el peso de los años: «Es una vida que amas».