En la habitación inmediata, donde encontró al doctor y a Lorry, dijo al primero:

—Ayer tenía usted mucha influencia, doctor Manette; debe usted ponerla toda en juego. Los jueces, y todos los que hoy tienen algún poder, son amigos suyos y están agradecidos a sus servicios; ¿no es cierto?

—Nada me ocultaron de lo que a Carlos se refería. Abrigaba yo esperanzas, casi seguridad absoluta de salvarle, y le salvé—contestó el doctor, hablando con mucha lentitud y con expresión conturbada.

—Pruebe otra vez. Breves son las horas que separan a hoy de mañana; pero pruebe.

—Probaré... No descansaré un instante.

—Es lo que debe hacer. He visto hacer grandes cosas a hombres dotados de las energías de usted, aunque nunca—añadió, sonriendo y suspirando al mismo tiempo—tan grandes como la que le propongo. Pruebe, sin embargo. La salvación de una vida querida bien vale ese esfuerzo.

—Me presentaré al Fiscal de la República y al Presidente—contestó el doctor Manette,—así como también a otros que no es necesario nombrar. Escribiré también, y... Pero ahora recuerdo que hoy se celebran festejos públicos y que no podré ver a nadie hasta que sea de noche.

—Es verdad. ¡Bah! De todas suertes, se trata de una esperanza muy remota; poco se pierde con esperar hasta la noche. Comienzo por decir que nada espero. Dígame, doctor Manette, ¿cuándo cree que podrá ver a esas autoridades formidables?

—Inmediatamente después de anochecido; yo creo que dentro de una o dos horas.

—Anochecerá poco después de las cuatro... Aprovechemos la hora o dos horas que tenemos por delante. Si a las nueve me presento en casa del señor Lorry, ¿podré saber el resultado de sus gestiones?