—Desde luego.
—¡Ojalá tengan buen éxito!
Acompañó Lorry a Carton hasta la puerta de la calle, donde le dijo con voz muy baja y acento apesadumbrado:
—Nada espero.
—Ni yo.
—Aun cuando uno cualquiera de esos hombres... aun cuando todos esos hombres estuvieran dispuestos a concederle la vida... lo que es suponer demasiado, después de lo ocurrido en la vista, dudo mucho que se atrevieran a hacerlo.
—También lo dudo yo... La cuchilla no se detendrá.
Lorry llevó las manos a la cara y dejó escapar algunos sollozos.
—No se desespere usted... no ceda al abatimiento—dijo con dulzura extremada Carton.—Si he aconsejado al doctor que trabaje sin descanso, ha sido porque sus trabajos, aunque han de ser estériles, han de consolar a su hija algún día. Si su padre se cruzara de brazos, podría pensar que había sido sacrificada una vida sin que nadie se tomase el trabajo de disputarla al verdugo.
—¡Sí, sí, sí! ¡Tiene usted razón!—respondió Lorry, secándose los ojos.—Se trabajará; pero morirá... ¡no resta un átomo de esperanza!