—Es cierto. Morirá... ¡No queda un átomo de esperanza!—repitió Carton como un eco.
Seguidamente echó a andar con paso firme.
XII.
TINIEBLAS
Muy poco trecho había recorrido Carton cuando se detuvo, no bien decidido acerca del sitio al que se encaminaría.
—A las nueve en el Banco Tellson—murmuró.—De aquí a entonces, ¿será prudente que me deje ver? Creo que sí. No estará de más que esas gentes tengan noticia de que por aquí anda un hombre como yo... quizá sea una precaución acertada... una precaución necesaria... ¡Cuidado, Carton, cuidado...! ¡Pensémoslo otra vez!
Suspendiendo la marcha ya iniciada en una dirección determinada, entró en una calleja obscura y solitaria y procuró pesar el pro y el contra de su proyecto, midiendo con su imaginación el alcance y las consecuencias probables que aquél pudiera tener.
—No hay duda; es lo mejor—pensó.—Esas gentes deben saber que por la ciudad anda un hombre que se llama Carton.
Con paso resuelto echó a andar hacia San Antonio.
Como aquel mismo día había dicho Defarge en la vista que era dueño de una taberna sita en el barrio de San Antonio, pocas dificultades había de encontrar cualquiera que conociera bien la ciudad para dar con la taberna en cuestión, sin necesidad de preguntar a nadie. Carton, pues, salió de la calleja obscura y comió en una casa de comidas, descabezando a continuación un sueño. En muchos años no había bebido tan poco como aquel día. Desde la noche anterior, sólo había tomado un poco de vino aguado.
A eso de las siete despertó, y reanudó su marcha. Al llegar al barrio de San Antonio, detúvose un instante frente a una tienda donde vió un espejo, y alteró ligeramente el lazo de su corbata y desordenó su cuello y su cabello. Hecho esto, encaminóse en derechura a la taberna Defarge y entró resueltamente en ella.