—Buenas noches.

—¡Oh... muy buenas noches, ciudadano... y muy buen vino! ¡Brindo por la República!

Volvió Defarge al mostrador, diciendo:

—Es cierto; se le parece un poco.

—¡Y yo repito que se le parece mucho!—replicó con dureza la tabernera.

—Lo tienes tan presente en tu memoria...—observó Santiago Tercero.

—¡A fe que yo tampoco le olvido un momento!—exclamó La Venganza riendo.—Y si no me engaño, estás tú esperando llegue el día de mañana para verle otra vez.

Carton continuaba leyendo, siguiendo con el índice las líneas del periódico y puesta en la lectura toda su atención. Los Defarges, La Venganza y Santiago Tercero, juntas las cabezas y de codos sobre el mostrador, conversaban en voz muy baja. Después de algunos momentos de silencio, durante los cuales las cuatro personas tuvieron sus ojos clavados en el aplicado lector, que no tenía ojos ni oídos más que para el periódico, reanudaron la conversación.

—Opino que tiene razón tu mujer. ¿Por qué detenernos hasta el final del viaje? El argumento es de gran fuerza.

—Todo lo que quieras—objetó Defarge—pero en una parte o en otra tendremos que hacer alto. En realidad, lo único que hay que acordar es dónde se hace ese alto.