—¡Después del exterminio!—replicó la tabernera.
—¡Magnífico!—aulló Santiago Tercero.
—¡Soberbio!—gritó La Venganza.
—Profeso la santa doctrina del exterminio, y dicho se está que, en general, nada tengo que decir en su contra—observó Defarge.—Pero hay que tener en cuenta que ese pobre doctor ha sufrido ya mucho. Hoy habéis podido convenceros de ello, pues todos habréis reparado en la expresión de su cara mientras se leía el papel.
—¡He reparado en la expresión de su cara, sí!—replicó la tabernera, poniendo en sus palabras todo el desprecio y todo el odio de su corazón de fiera.—He reparado en la expresión de su cara, sí; y he visto que no era la cara de un amigo verdadero de la República; eso es lo que he visto.
—Y no te habrán pasado inadvertidas las crueles agonías de su hija, agonías que habrán exacerbado enormemente las suyas—repuso Defarge.
—También he observado a su hija, sí—contestó la tabernera;—la he observado muchas veces; no hoy sólo. La he observado hoy en el Tribunal, y la he observado otros días en la calle, contemplando los muros de la cárcel. Me basta alzar un dedo, para que baje inmediatamente la cuchilla que haga rodar su cabeza.
—¡Eres una ciudadana prodigiosa!—rugió Santiago Tercero.
—¡Un ángel!—suspiró La Venganza.
—En cuanto a ti—prosiguió la tabernera implacable, dirigiéndose a su marido,—segura estoy de que, si de ti dependiera... que por fortuna no depende... serías capaz de salvar aún a ese hombre.