—¡No!—protestó Defarge—¡Si con levantar este vaso pudiera salvarlo, ten por seguro que no lo levantaría! Pero me detendría allí; repito que daría mi obra por acabada.

—Ya lo estás viendo, Santiago—exclamó la tabernera lanzando por los ojos llamaradas de rabia—Ya lo estás viendo también tú, mi querida Venganza... Los dos lo véis... Los dos lo oís... Hace mucho tiempo que figura esa raza en mis registros condenada a la destrucción, al exterminio, por crímenes que nada tienen que ver con los de la tiranía y opresión. Preguntad a mi marido si miento.

—Es verdad—contestó Defarge, sin esperar a que le preguntasen.

—En los comienzos de los grandes días, cuando cayó la Bastilla, encuentra mi marido el papel que se ha hecho público hoy, lo trae a casa, y después de media noche, cuando el establecimiento está cerrado y desierto, lo leemos en este mismo sitio y a la luz de esta misma lámpara. Preguntadle si digo verdad.

—Es verdad, sí—contestó Defarge.

—Aquella misma noche, después de leído el papel y apagada la lámpara, cuando comenzaba a filtrarse el día por entre las grietas de las ventanas y los hierros de las rejas, le dije que tenía que comunicarle un secreto. Que os diga si miento.

—Es cierto—asintió Defarge.

—Y le comuniqué el secreto. Golpeé su pecho con estas dos manos, como lo golpeo ahora, y le dije: «Defarge; me crié entre pescadores de la playa, y la familia labriega tan ultrajada por los hermanos Evrémonde, esa familia que describe el papel encontrado en la Bastilla, es mi familia. Defarge, la hermana moribunda del muchacho campesino herido mortalmente era mi hermana, el marido era el marido de mi hermana, el fruto de sus amores que jamás abrió los ojos a la luz, era el hijo de mi hermana, y aquel hermano labriego era mi hermano, y el padre muerto de dolor era mi padre, los que murieron eran mis muertos, y sus gritos de venganza a mí se han dirigido desde entonces...» Preguntadle si es verdad lo que digo.

—Así es—confesó Defarge.

—¡Y ahora, decidme si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego del infierno!—repuso la tabernera.—Pero no; no es necesario que me lo digáis.