Los dos oyentes saboreaban un placer horrible al convencerse de la índole implacable del odio de la tabernera, cuya palidez de espectro estaba viendo el lector del periódico sin ver su rostro. Defarge, minoría insignificante, aventuró algunas palabras haciendo resaltar la compasión de la esposa del Marqués; pero no consiguió más que la repetición de las palabras últimas de su mujer:

—¡Dime si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego del infierno!

La entrada de algunos parroquianos puso fin a la conferencia. El inglés pagó el gasto hecho y preguntó dónde estaba el Palacio Nacional. Acompañóle hasta la puerta la señora Defarge, y allí, poniendo su brazo sobre el de aquél, le indicó el camino que debía seguir. Ganas se le vinieron al parroquiano inglés de alzar aquel brazo y herir con mano segura a su propietaria.

Alejóse Carton de aquellos parajes, no tardando en rondar los muros de la cárcel. A la hora convenida se presentó en la casa de Lorry, donde halló al anciano que le esperaba inquieto y lleno de ansiedad. Manifestóle el buen banquero que había estado acompañando a Lucía hasta momentos antes, y que se había separado de ella para acudir a la cita convenida; que no habían visto a su padre desde que salió a las cuatro de la tarde; que Lucía abrigaba alguna esperanza de que, por mediación del doctor, acaso se salvase Carlos, pero que las esperanzas eran muy débiles.

Cinco horas duraba la ausencia del doctor: ¿dónde podría estar? Lorry le esperó hasta las diez, y como no podía resignarse a dejar a Lucía sola y sin noticias durante tanto tiempo, decidieron que Lorry volviera a la casa de la infeliz, y que Carton esperaría la llegada del doctor. Lorry debía regresar al Banco a media noche.

Dieron las doce y el doctor no apareció. Volvió Lorry, y ni encontró noticias, ni trajo ninguna. ¿Dónde estaría?

Este era el punto que estaban discutiendo, casi abriendo sus pechos a la esperanza, fundada en lo prolongado de la ausencia, cuando oyeron sonar sus pasos en la escalera. No bien apareció en la habitación, vieron que todo estaba perdido.

Jamás ha podido saberse si se pasó todas las largas horas de ausencia vagando al azar por las calles, o bien si visitó a sus relaciones. Entró en la estancia, permaneció con la mirada fija en los que le esperaban, y no despegó los labios, ni nadie le dirigió la palabra, pues bien claramente decía la expresión de su rostro que todo estaba perdido.

—No puedo encontrarlo—dijo.—¿Dónde está? Me hace falta.

Venía con la cabeza desnuda y abierta la pechera de la camisa. Después de tender miradas de angustia en derredor, se quitó la levita y se sentó en el suelo.