—¿Pero dónde está mi banqueta? Por todas partes la ando buscando sin poder dar con ella. ¿Qué han hecho con mi labor? Necesito concluir esos zapatos... los esperan con urgencia.
Los dos oyentes se miraron consternados.
—¡Vaya... vaya!—repuso el anciano.—¡Mi banqueta... mi labor comenzada...! ¡Repito que es muy urgente!...
Al no recibir contestación, se tiró del cabello y pateó el suelo, semejante a un niño enfadado.
—¡No martiricen a un desgraciado!—exclamó, lanzando un grito formidable.—¡Dénme mi labor... por Dios! ¿Qué será de nosotros si esta noche no termino los zapatos?
¡Perdido, perdido por completo!
Era inútil intentar encender una luz que el recio huracán de la desgracia había extinguido para siempre. Con espanto de Lorry, con terror de Sydney Carton, el doctor Manette volvía a ser el zapatero del sotabanco, el desventurado idiota que años antes entregaron al tabernero Defarge.
Impresionados ambos, afectados por la misma idea y comprendiendo la necesidad de sobreponerse a sus emociones, dedicáronse, no a intentar reanimar aquella inteligencia, totalmente extinguida, sino a tranquilizar al infeliz anciano, prometiéndole que muy en breve le serían devueltos la banqueta, las herramientas y los zapatos.
—Ha sucumbido al golpe, excesivamente rudo para él—dijo Carton.—Sí; no hay más remedio que llevarlo a su hija; pero antes de hacerlo, ¿tendrá usted la bondad de prestarme un momento de atención? Necesito imponer algunas condiciones y arrancar a usted una promesa; pero no me pregunte el motivo de las primeras ni el por qué de la segunda, que para callarlas tengo una razón... y de mucho peso.
—No lo dudo—respondió Lorry.—Siga usted.