En una silla colocada entre los dos interlocutores estaba el anciano, meciéndose con monotonía maquinal y sollozando. Los interlocutores hablaban con voz muy baja, cual si se hallaran junto al lecho de un enfermo.

Carton se bajó para alzar del suelo la levita del doctor. Al hacerlo, cayó al suelo una cajita donde el doctor tenía la costumbre de guardar la lista de las visitas que debía hacer durante el día. La recogió y abrió, encontrando dentro un papel doblado.

—¿Quiere usted que veamos qué es esto?—preguntó.

Lorry asintió con un movimiento de cabeza.

—¡Gracias, Dios mío!—exclamó Carton no bien desdobló el papel.

—¿Qué es?—preguntó Lorry con acento anhelante.

—Un poquito de paciencia; se lo explicaré a su tiempo. Ante todo—dijo, llevando la mano al bolsillo interior de su levita y sacando otro papel,—conviene que vea usted esto, que es un certificado, merced al cual puedo salir de la ciudad sin inconveniente. Léalo usted.... Sydney Carton, súbdito inglés...

Lorry quedó contemplando el papel.

—Guárdelo usted hasta mañana. Recordará usted que he de visitar al prisionero, y no creo prudente llevarlo conmigo a la cárcel.

—¿Por qué no?