—No lo sé... Un capricho, quizá, pero prefiero no llevarlo. Tome también el papel que el doctor Manette llevaba en su bolsillo, y que es otro certificado análogo, un salvo conducto para que él, su hija y su nieta, puedan franquear la Barrera y la frontera en cualquier momento. ¿Lo ve usted?

—Sí.

—Probablemente se lo proporcionaría ayer, a fin de adoptar toda clase de precauciones contra la tormenta. ¿Qué fecha tiene? Pero no importa; no hay necesidad de tomar nota de ese dato. Lo esencial es que lo guarde usted juntamente con el mío y el de usted. Ahora bien; escuche con atención mis palabras, y no las olvide; hasta hace dos horas, no pasó por mi imaginación que pudieran necesitar ese papel, que hoy es firme y valedero, y lo será mientras no lo revoquen. Pero pueden revocarlo; y es más: motivos poderosos me hacen creer que lo revocarán muy pronto.

—¿Están en peligro?

—Están en peligro inminente. Están en peligro de ser denunciados por la tabernera Defarge; no me lo ha contado nadie; lo he escuchado yo de sus propios labios. Esta noche he sorprendido una conversación de esa mujer, y la conversación me ha hecho ver el peligro que a la familia del doctor amenaza. Desde que la oí, no he desperdiciado el tiempo, he visitado a mi espía, y mis impresiones primeras se han confirmado plenamente. Sabe aquél que un aserrador de leña, hechura de los Defarges, está pronto a declarar que la ha visto (Carton no pronunciaba nunca el nombre de Lucía) haciendo señas a los prisioneros. No es difícil adivinar que sobran motivos para fundar sobre el hecho mencionado una acusación cualquiera, un complot contra la República, por ejemplo, cuya consecuencia sería la muerte de ella, quién sabe si también la de su hija... acaso hasta la de su padre, pues ambos han sido también vistos en el mismo sitio... No se asuste usted... que a todos los salvará usted.

—¡Quiéralo el Cielo, Carton! ¿pero cómo?

—Es lo que voy a decirle ahora mismo. Fío en usted, convencido de que no podría poner el asunto en mejores manos. La nueva delación no será formulada hasta que pase el día de mañana... probablemente la dejarán para dos o tres días después, y aun es más probable que la dilaten una semana. Sabe usted perfectamente que incurre en pena de muerte en este bendito país el que llora o simpatiza con una víctima de la guillotina. No cabe dudar que tanto ella como su padre se harán reos del crimen mencionado, y desde luego aseguro que la tabernera, cuyo odio feroz llega a extremos inconcebibles, esperará hasta contar con armas que aumenten la fuerza de su denuncia y hagan doblemente seguro el resultado. ¿Va usted comprendiendo?

—Con tanta atención, y tan penetrado de la exactitud de lo que usted afirma, que hasta olvido momentáneamente esta desdicha—contestó extendiendo la diestra hacia la silla del doctor.

—No ha de encontrar dificultades usted, que dispone de dinero en abundancia, para ganar la costa utilizando los medios de locomoción más rápidos. Hace ya días que tiene usted ultimados sus preparativos para regresar a Inglaterra. Dé usted órdenes para que mañana tengan enganchados los caballos para emprender el viaje a las dos de la tarde.

—Lo estarán.