—Yo también espero que no me faltarán para cumplir la mía. Y ahora... adiós.

No se fué, sin embargo, aunque a continuación de pronunciar la palabra de despedida, llevó a sus labios y besó la mano que Lorry le tendía. Antes ayudó a levantar al doctor de la silla, a ponerle la levita y el sombrero, y a inducirle a salir, diciéndole que iban a buscar la banqueta y los zapatos que deseaba. Acompañó a los dos ancianos hasta el jardín de la casa donde lloraba un corazón lacerado, tan feliz en otros tiempos, y, cuando aquellos le dejaron solo, permaneció algunos momentos contemplando una ventana, cuyas maderas dejaban escapar algunos hilos de luz, la ventana de la habitación de ella. Antes de irse, su corazón envió a la ventana un adiós solemne envuelto en hermosa nube de bendiciones.

XIII.
CINCUENTA Y DOS

Encerrados en negruzcos muros, los condenados del día esperaban la hora de subir al cadalso en la siniestra cárcel de la Conserjería. Eran tantos como semanas tiene el año. Cincuenta y dos vidas humanas debían perderse aquella tarde en el mar insaciable que las absorbe todas. Antes que se vaciasen sus celdas quedaban designados los que habrían de remplazarlos, antes que corriera su sangre sobre la sangre vertida el día anterior, había sido puesta en sitio separado la que al día siguiente vendría a mezclarse con la suya.

Cincuenta y dos vidas segadas, cincuenta y dos víctimas, pertenecientes a todas las clases sociales; desde el rico propietario de setenta años, cuyas riquezas de nada le servían para prolongar la existencia, hasta el mísero jornalero, a quien tampoco podía salvar su obscuridad y su miseria. De la misma manera que en las enfermedades físicas, que tienen su origen en los vicios y en los descuidos de los hombres, hacen sus víctimas sin reparar en categorías ni edades, así también las espantosas dolencias morales, engendradas por sufrimientos indecibles, opresiones intolerables e indiferencias crueles, hieren por igual y sin distinción de personas.

Carlos Darnay, encerrado en su celda a solas con sus pensamientos, no se hizo ilusión alguna desde que salió de la Sala de Justicia. En cada palabra de la terrible narración allí leída vió una sentencia de muerte, y no se le ocultó que no había influencia humana capaz de salvarle, que virtualmente pesaba sobre él una sentencia pronunciada por millones de votos, contra los cuales de nada servían los esfuerzos individuales.

No era, sin embargo, empresa fácil resignarse a morir, el que como él conservaba fresca en su mente la imagen de su adorada esposa. Lazos muy sólidos le unían a la vida, y era duro, muy duro, ver tan de cerca la cuchilla que los cortaría para siempre. Sus pensamientos se atropellaban, se agitaban tumultuosos en su pecho, reñían entre sí rudas batallas, y a la postre unían sus fuerzas para contender contra la resignación. Si momentáneamente conseguía calmarlos, brotaba inmediatamente la imagen de su mujer, la imagen de su tierna hija, acordábase de que las dejaba en el mundo, y protestaba contra ello con todas las fuerzas de su alma, ni más ni menos que si en su pecho alentase el egoísmo más agudo.

Verdad es que estas luchas no fueron de larga duración. No pasó mucho rato sin que actuara en él como estimulante poderoso la consideración de que la muerte que le esperaba no llevaba consigo el apéndice de la deshonra, y el pensamiento de que muchos, tan inocentes como él, recorrían todos los días y con paso firme el mismo camino doloroso que él debía recorrer. Pensó luego en la futura tranquilidad de espíritu de que, pasados los primeros momentos, disfrutarían los seres queridos que dejaba en el mundo, si le veían aceptar la muerte con entereza varonil, y de esta suerte, poco a poco y por grados, fué recobrando la calma y engolfándose en reflexiones de índole más elevada.

Antes que cerrase la noche, había adelantado la mayor parte del camino en el viaje de su resignación. Provisto de recado de escribir y de luz, tomó la pluma y no la dejó hasta que llegó la hora en que el reglamento de la cárcel obligaba a apagar las lámparas.

Escribió una carta muy extensa a Lucía, demostrándola que jamás tuvo noticia del eterno cautiverio de su padre hasta que lo oyó de los mismos labios de éste, y que, con anterioridad a la lectura del documento encontrado en la Bastilla, estaba tan ignorante como ella misma de la culpabilidad directa de su padre y de su tío en aquel triste acontecimiento. Ya antes la había explicado que, si ocultó su apellido verdadero, apellido que había renunciado, fué para cumplir una condición, cuyo motivo comprendía ahora perfectamente, impuesta por el doctor al dar su asentimiento a las relaciones amorosas con su hija, y ratificada la mañana de su boda. La suplicaba encarecidamente que, por amor a su padre, jamás intentase averiguar si aquél había olvidado la existencia del documento, o bien si se la recordó la historia de la Torre de Londres narrada bajo el plátano del jardín aquella noche de verano. Si del documento en cuestión conservaba algún recuerdo, indudablemente lo supuso destruído con la Bastilla, al ver que no figuraba entre las reliquias de los prisioneros encontradas por el populacho y hechas tan públicas que las conocía el mundo entero. Instábala—bien que añadiendo que ya sabía que la recomendación era inútil—a que consolase a su padre, convenciéndole, por todos los medios imaginables, de que no sólo no había hecho nada vituperable, nada que hubiera ocasionado su desventura, sino que, por el contrario, se había sacrificado siempre por la felicidad de su hija y del marido de su hija. Terminaba recomendándola que procurase sobreponerse a su dolor, que se consagrase a su querida hija, y sobre todo, que a fuerza de ternura consolase a su padre.