Escribió al doctor otra carta inspirada en los mismos pensamientos y diciéndole que confiaba a su cariño a su mujer y a su hija. Con frase vibrante le hacía ese encargo, no porque lo considerara necesario, sino más bien con objeto de levantar su ánimo y alejar de su mente pensamientos retrospectivos, que desde luego suponía que se alzarían con mayor fuerza que nunca.

Dirigió una carta al señor Lorry, encomendando a su solicitud los seres queridos que dejaba y explicándole todos sus asuntos terrenos. No se acordó de Carton. Eran tantos los pensamientos que le embargaban, que no dejaron hueco para una persona con la que nunca sostuvo relaciones frecuentes.

Cuando se apagaron las luces y se tendió sobre el mísero jergón de paja, creyó que había concluído ya con el mundo.

Resurgió, sin embargo, éste durante su sueño, y resurgió brillante, encantador. Encontróse de nuevo en el tranquilo rinconcito de Soho, libre, feliz, contento, en compañía de su Lucía, la cual le aseguraba que todo había sido un sueño, una pesadilla, que nunca habían abandonado a Inglaterra, que nunca se había separado de ella. A este sueño siguió una pausa de olvido completo, después de la cual se imaginó que vivía con su mujer, pero muerto, decapitado. Sobrevino otra pausa de olvido, y despertó al fin por la mañana, sin darse cuenta del sitio en que se encontraba sin acordarse de lo ocurrido la víspera, hasta que brotaron en su mente con caracteres de fuego estas palabras: «Hoy es el día de tu muerte.»

Encontrábase en el día en que debían rodar cincuenta y dos cabezas, una de ellas la suya, y mientras, resignado a su triste suerte, hacía acopio de alientos para sufrirla con tranquilo heroísmo, sus pensamientos, muy difíciles de dominar, emprendieron con actividad febril nuevos derroteros.

Nunca había visto el terrible instrumento que horas más tarde segaría su vida. Cuánta sería la elevación sobre el suelo de la lúgubre máquina, cuántos peldaños tenía la escalera fatal, dónde estaría emplazada, qué manos se encargarían de colocarle sobre el tajo, si estarían tintas en sangre, hacia qué lado volvería la cabeza, si sería él el primero o si sería el último; éstas y otras preguntas semejantes se hacía una y otra vez, atropelladamente, sin que en ello interviniera su voluntad, sino su imaginación sobreexcitada. Tampoco las inspiraba el miedo, sino más bien un deseo extraño de saber qué era lo que haría cuando llegase el caso, un deseo que no guardaba proporción con los fugaces instantes a los cuales se refería, una curiosidad inexplicable sentida por una alma distinta de la suya.

Pasaba el tiempo y el reloj sonaba horas que el infeliz no volvería a oir sonar. Dieron las nueve, las diez, las once, y estaban para dar las doce. El reo paseaba cada vez más sereno. Lo peor de la lucha interna había pasado. Ya no conturbaban su imaginación pensamientos disparatados, ya podía rezar por sí y por los suyos.

Sonaron las doce.

Habíanle dicho que la hora última que para él sonaría en el mundo serían las tres, y sabía que le sacarían del calabozo con bastante anticipación a la hora indicada, pues las carretas de la muerte recorrían muy lentamente el camino del patíbulo. Supuso, pues que le llamarían a las dos.

Cruzados los brazos delante del pecho paseaba por su celda, cuando hirió sus oídos la una; no perdió su calma heroica. Fervorosamente dió gracias a Dios por haberle dado fuerzas para recobrar la calma, y pensó: