«Me resta otra hora.»

Sonó rumor de pasos en el pasadizo exterior. La puerta de su celda se abrió y volvió a cerrar sin ruido. Alguien dijo junto a la puerta, abierta ya, o mientras la abrían, estas palabras:

«No me ha visto nunca aquí, pues he cuidado siempre de alejarme de su paso. Entre usted... Esperaré fuera... No pierda tiempo.»

Frente al prisionero brotó un hombre que le miraba sonriente, tranquilo. Era Sydney Carton.

Tal era la expresión de su rostro, tan notable su mirada, que en el primer instante temió el prisionero que se tratase de una aparición no real, fruto de su imaginación alborotada. Pero la aparición habló, y el tono de su voz era el de Carton; estrechó la mano del reo, y su mano era una mano real, de carne y hueso.

—Apuesto a que soy yo el último ser humano a quien usted esperaría ver: ¿me equivoco?

—No solo no esperaba ver a usted, sino que, aun viéndole, estoy dudando que frente a mí se encuentre el Sydney Carton a quien he conocido... ¿Es también prisionero?

—No. La casualidad me ha hecho dueño de uno de los calaboceros de esta cárcel, y a esa circunstancia debo el encontrarme junto a usted. Vengo de parte de ella... de parte de su mujer, mi querido Darnay.

El reo le tendió silenciosamente la mano.

—Y traigo el encargo de hacerle una súplica.