—¿Qué es?

—Es la súplica más fervorosa, la más apremiante, la más ardiente de las que le han sido dirigidas por aquella voz que tan querida le es. No la desoiga, porque esa voz querida se la dirige con el tono más patético que nunca ha sonado en sus oídos.

El reo dobló la cabeza sin contestar.

—Ni usted tiene tiempo para preguntarme por qué soy el emisario encargado de formular la súplica en cuestión, o para pedirme explicaciones acerca de lo que signifique, ni lo tengo yo para dárselas. Su obligación... obligación sagrada, es obedecer sin replicar... ¡Quítese las botas, y póngase las mías!

Adosada a uno de los muros, a espaldas del reo, había una silla. Carton, mientras hablaba con la rapidez del rayo, había obligado a aquél a sentarse en la silla en cuestión.

—Descálcese y póngase estas botas mías... ¡Pronto!...

—Carton... Es imposible escapar de aquí—replicó Carlos, completamente desconcertado;—imposible de todo punto... No conseguirá usted otra cosa que morir conmigo... Es una locura....

—Sería una locura si yo le dijera a usted que escapara; ¿pero se lo he insinuado siquiera? Cuando le diga que franquee aquella puerta, contésteme que es una locura y no me haga caso... Fuera esa corbata y póngase la mía... Eso es... Ahora la levita... Haremos un cambio de levitas... ¡Magnífico! Me permitirá que le quite esa cinta que sujeta su pelo, y que desordene un poquito su peinado... ¡eso es! Ya va usted tan mal peinado como yo.

Con celeridad portentosa, con una fuerza de voluntad que más que humana parecía sobrenatural, transformó al prisionero en un abrir y cerrar de ojos. El reo parecía niño sin voluntad en sus manos.

—¡Carton... Mi querido Carton! ¡Es una locura... un desatino! No es posible llevarlo a cabo... Jamás se ha conseguido... Docenas de veces lo han intentado y siempre fué el fracaso más ruidoso el resultado... ¡Por Dios le pido, amigo querido, que no aumente mis amarguras sacrificando estérilmente su vida...! ¿No basta con que muera yo?