—¿Le he dicho por ventura, mi querido Darnay, que rebase aquella puerta? Cuando se lo diga, conteste rotundamente que no, y asunto concluído. Veo papel, tinta y pluma en aquella mesa; ¿tiene usted el pulso firme? ¿Podrá escribir?

—Firme lo tenía cuando usted entró.

—Pues es preciso que lo esté otra vez, para que escriba con letra muy clara lo que voy a dictar... ¡Pronto, amigo mío, pronto!

Darnay, estupefacto, maravillado, aturdido, tomó asiento frente a la mesa. Carton, puesta la diestra sobre el pecho, quedó en pie al lado suyo.

—Escriba punto por punto lo que yo le dicte.

—¿A quién dirijo el escrito?

—A nadie.

La diestra de Carton continuaba fija sobre su pecho.

—¿Pongo fecha?

—No.