El reo alzaba la cabeza cada vez que formulaba una pregunta; Carton, sin mover la diestra, miraba al suelo.
«Si no ha olvidado usted las palabras que entre los dos se cruzaron—dijo Carton dictando,—comprenderá sin esfuerzo esta carta, no bien la lea. Sé positivamente que las recuerda, pues no es usted de los que olvidan pronto.»
El reo, que no comprendía el sentido de lo que estaba escribiendo, alzó inopinadamente los ojos y sorprendió a Carton en el momento que sacaba del pecho la mano. Esta se detuvo.
—¿Ha escrito usted «olvidan pronto?»
—Sí. ¿Tiene en su mano algún arma?
—No; no tengo armas.
—¿Qué tiene, pues?
—Dentro de un momento lo sabrá usted... Continúe escribiendo, que son ya muy pocas las palabras que nos faltan... «Doy gracias a Dios que me permite probarlas con hechos. No quisiera que lo que hago fuera para nadie motivo de pesadumbre o de tristeza.»
Mientras dictaba estas palabras, clavados los ojos sobre el que escribía, su mano derecha fué moviéndose cautelosamente acercándose a la cara del reo.
La pluma cayó de la mano de Darnay, quien miró con expresión atontada en derredor.