—¿Qué vapor es éste?—preguntó.
—¿Vapor?
—Sí... un olor que me molesta y aturde.
—Nada percibo... No es posible que aquí se respiren vapores... Tome de nuevo la pluma y terminemos... ¡Pronto, pronto!
El reo, cuya respiración se había hecho jadeante, y cuyo rostro reflejaba el desorden de sus facultades, se inclinó sobre el papel dispuesto a escribir.
«De haber sido otro el curso de los sucesos—continuó dictando Carton, cuya mano derecha estaba debajo de la nariz del escribiente,—es natural que me hubiese faltado esta oportunidad; de haber sido otro el curso de los sucesos...»
Fijó Carton sus ojos en la pluma, y vió que garrapateaba signos ininteligibles.
El reo se enderezó de pronto dirigiendo a Carton una mirada llena de reconvenciones; pero la diestra del último se acercó más y más a su nariz, mientras su brazo izquierdo rodeaba su cintura. Luchó el reo débilmente y durante breves segundos con el hombre que venía a dar su vida por la suya; pero antes que transcurriera un minuto, yacía inmóvil sobre el suelo.
Carton vistió inmediatamente las ropas que el prisionero dejara minutos antes, se peinó mejor que nunca, ató su cabello con la cinta que antes sujetaba el de Darnay, y dijo con voz muy baja:
—¡Entre... entre!...