Dos segundos después, se presentaba el espía.

—¿Lo ve usted?—preguntó Carton alzando la cabeza, e hincando a continuación una rodilla en tierra para colocar en el bolsillo de Carlos el papel que había escrito.—¿No le dije que su riesgo era insignificante?

—Mi riesgo, señor Carton, no está en esto—respondió el espía,—sino en que usted cumpla fielmente lo estipulado.

—Esté usted tranquilo, que yo me atendré a lo convenido hasta la muerte.

—Así debe ser para que resulte exacto el número cincuenta y dos. Con que usted lo complete, vestido como está en este momento nada temo.

—Nada debe temer. Yo, que podría perjudicarle, desapareceré muy en breve de este mundo, gracias a Dios... Ahora, ayúdeme; mejor dicho; lléveme al coche.

—¿A usted?—preguntó el espía con aprensión visible.

—¡A él, hombre de Dios, al reo con quien cambio la suerte! ¿Saldrá por la misma puerta por la que entré yo?

—Claro que sí.

—Pues bien; como me encontraba débil y desfallecido cuando entré, lo natural es que salga más débil y más desfallecido. La despedida eterna me ha impresionado tanto, que he perdido el conocimiento; esto ha ocurrido aquí con mucha frecuencia... con demasiada frecuencia. Cuenta suya es no cometer ninguna torpeza... Pronto... Pida auxilio.