—¿Me jura usted que no me traicionará?—preguntó el espía temblando.

—¡Pero hombre! ¿No lo he jurado ya solemnemente?—replicó Carton, pateando con impaciencia.—¿A qué, pues, perder ahora momentos que son preciosos? Sáquelo al patio que usted sabe, colóquelo en el coche, llévelo al lado del señor Lorry, dígale que no le dé ninguna medicina, que lo único que necesita es aire, que recuerde mis palabras de anoche, que cumpla la promesa que anoche me hizo, y nada más.

Retiróse el espía, y Carton se sentó a la mesa, sobre la cual apoyó los codos. Segundos después volvía a entrar el espía con dos hombres.

—¡Hombre!—exclamó el uno, al ver a Carlos tendido en tierra.—¿Tanta impresión le ha hecho ver que su amigo ha sacado el gordo en la lotería de Santa Guillotina?

—¡A fe que no se hubiera afligido más un buen patriota si el aristócrata hubiese sido declarado absuelto!—observó el otro.

Entre los dos colocaron al desmayado en una litera que habían traído y se lo llevaron.

—¡Pocas horas de vida te quedan, Evrémonde!—dijo el espía.

—Lo sé muy bien—respondió Carton.—Cuida de mi amigo y déjame en paz.

—Vámonos, hijos míos—dijo el espía a sus compañeros.—Andando.

Cerróse la puerta quedando Carton solo. Concentró en su oído todas las facultades de su alma por si sonaba algo que indicase sospechas o alarmas; nada se oyó. Giraron llaves en las cerraduras, se cerraron puertas con estrépito, los pasos se fueron alejando, pero ni se oyó un grito ni se perturbó el orden o la tranquilidad habitual. Carton, más tranquilo ya, permaneció sentado frente a la mesa hasta que sonaron las dos.