A sus oídos llegaron entonces ruidos que no le alarmaron ni sorprendieron, sencillamente porque sabía perfectamente qué significaban. Sucesivamente fueron abiertas muchas puertas, hasta que al fin llegó el turno a la de su celda. Un carcelero, provisto de una lista, sin pasar del umbral, se limitó a decir:
—Sígueme, Evrémonde.
Carton salió tras el calabocero hasta llegar a una celda obscura, de grandes dimensiones, situada a bastante distancia, atestada de prisioneros. Aunque la luz era muy escasa, Carton pudo ver que todos tenían atados los brazos, que unos estaban en pie y otros sentados, que éstos se quejaban y aquéllos paseaban inquietos y nerviosos. La mayor parte, sin embargo, permanecían silenciosos e inmóviles, con los ojos clavados en tierra.
Mientras de pie junto al negruzco muro, contemplaba a sus cincuenta y un compañeros de cadalso, algunos de los cuales entraron después que él, un hombre se detuvo al paso para abrazarle. Carton se estremeció, temiendo ser descubierto, pero aquél continuó su marcha luego que le hubo dado un abrazo. Momentos después, una muchachita de cuerpo gracioso y lindas facciones se levantó del suelo y se acercó a Carton.
—Ciudadano Evrémonde—dijo, alargándole su mano helada;—soy una costurerita que fuí tu compañera de prisión en La Force.
—¡Ah, sí!—murmuró Carton.—¡Es verdad! Lo que no recuerdo es la acusación que te llevó a la cárcel.
—Me acusaron de conspiradora; pero el buen Dios sabe que soy inocente. ¿Puede haber conspirador que confíe sus maquinaciones a una niña débil como yo?
La sonrisa con que la jovencita acompañó sus palabras conmovió tan profundamente a Carton, que las lágrimas asomaron a sus ojos.
—No me da miedo morir, ciudadano Evrémonde, pero repito que nada he hecho. Hasta moriría con alegría si la República, que según dicen, ha de hacer felices a los pobres, obtuviera algún provecho de mi muerte; pero si he de decir lo que siento, no creo que mi muerte sirva para nada, Evrémonde. ¿Qué beneficios ha de reportar a la República la muerte de una criatura débil como yo?
La compasión que la niña inspiraba a Carton era infinita.