—Oí decir que te habían absuelto, ciudadano Evrémonde, y de veras siento que no sea verdad.

—Lo fuí; pero luego me prendieron de nuevo y me han condenado.

—Si nos colocan en el mismo carro, ciudadano Evrémonde, ¿me permitirás que te coja la mano? No es que tenga miedo; pero como soy una niña, tu mano me dará el valor que me falta.

Carton vió que por los ojos de la niña, al clavarlos en su cara, pasaba una nube de duda primero, y de asombro después.

—¿Vas a morir por él?

—¡Y por su mujer y su hija... sí!

—¡Oh! ¿Me permitirás tener entre las mías tu mano valerosa?

—Sí, desventurada hermana mía... hasta el postrer momento.


Las mismas sombras que envuelven a los condenados cercan a las turbas estacionadas a la misma hora en las inmediaciones de la Barrera en el momento que un coche de camino, procedente del interior de la ciudad, se acerca para presentar los documentos de los que lo ocupan.