—¿Ni ningún otro empleo?

—No.

—¿Lo jura?

—Una y mil veces.

—¿Obedece a otros motivos que a los de patriotismo?

—No.

Fué llamado a declarar el virtuoso criado del prisionero, Rogerio Cly, quien prestó con gran decisión su juramento. Cuatro años antes había entrado al servicio del prisionero, sencillamente y de buena fe. A bordo del barco que hacía el servicio de Calais, preguntó al prisionero si necesitaba un criado, y aquel le recibió. Muy poco después le pareció sospechosa la conducta del prisionero, y resolvió espiarle. En los diferentes viajes que hizo en su compañía, en las ropas de su amo vió varias veces listas y relaciones semejantes a las que obraban en poder de la justicia. El fué el que sacó algunas de aquellas listas de una gaveta de la mesa de su amo. Vió que éste enseñaba otras listas idénticas a un caballero francés en Calais y otras a otros caballeros también franceses, tanto en Calais como en Boulogne. Amante de su patria, su conciencia se sublevó contra tan negras traiciones y denunció los hechos. Acerca de su honradez, aseguró que era tan intachable, que nadie se atrevió jamás a acusarle del robo de una tetera de plata, pues si bien no faltaron maldicientes que le achacaron en una ocasión el hurto de una mantequera, hechas las comprobaciones, resultó que no era de plata, sino de metal plateado. Conocía al testigo que le precedió en la declaración desde siete u ocho años antes, pero nunca se trataron más que por coincidencia. No afirmó que se tratara de coincidencias extraordinariamente curiosas, sin duda porque es público y notorio que las coincidencias lo son por regla general.

Oyóse por segunda vez el sordo zumbido de las moscas azules, y el señor fiscal de la Corona llamó al señor Mauricio Lorry.

—¿Es usted empleado del Banco Tellson, señor Mauricio Lorry?

—Sí, señor.