—Examine con más detenimiento al prisionero, señor Lorry. Represénteselo embozado, en la forma misma que iban sus compañeros de viaje, y díganos si, dada su estatura y corpulencia, es imposible que fuera uno de los dos viajeros.

—No es imposible.

—¿Usted no juraría que el reo no era ninguno de ellos?

—No.

—Luego confiesa usted que podía ser uno de ellos, ¿no es verdad?

—Admito la posibilidad, pero... pero recuerdo perfectamente que mis dos compañeros de viaje tenían... y yo también... un miedo horrible a los ladrones, y me parece que el reo no es de los que se asustan fácilmente.

—¿Y no ha visto usted nunca miedo... de pega, quiero decir, personas que fingen sentir un miedo que en realidad no sienten?

—No, señor.

—Vuelva usted a reconocer al reo, señor Lorry. ¿Recuerda haberle visto en alguna ocasión?

—Sí.