—¿Viajaba usted solo, o acompañado, señor Lorry?
—Con dos compañeros: un caballero y una señorita. Ambos están aquí.
—En efecto: aquí están. ¿Habló usted con el prisionero?
—Muy poco. El tiempo estaba tormentoso, la travesía era larga y pesada, y me la pasé de playa a playa tendido en el sofá.
—¡Señorita Manette!
Púsose en pie la señorita hacia la cual se habían antes vuelto todas las miradas, y hacia la cual se volvieron de nuevo al ser llamada. Al propio tiempo que ella, se levantó su padre.
—Examine usted al prisionero, señorita Manette.
Mil veces más penoso fué para el acusado verse frente a aquella niña, joven y hermosa, que le contemplaba con compasión anhelante, que afrontar las miradas curiosas de las turbas que llenaban la sala. Sin pestañear, sin que se alterase un solo músculo de su rostro, aguantó la terrible acusación del fiscal de la Corona; las declaraciones de los testigos de cargo no consiguieron demudar su semblante, pero al ver desde el borde de la tumba la mirada, no de curiosidad, sino de piedad, de la niña, todo su nervio, que era mucho, no bastaba a refrenar la agitación de su pecho, y en los esfuerzos desesperados hechos para permanecer sereno, sus labios quedaron descoloridos, toda la sangre refluyó a su corazón.
—¿Conocía usted al prisionero, señorita Manette?