—Sí, señor.
—¿Dónde le conoció usted?
—A bordo del barco que antes han mencionado y en la misma ocasión.
—¿Es usted la señorita aludida por el señor Lorry?
—¡Por desgracia, señor, soy yo!
Los acentos de compasión que la niña supo poner en su voz no dulcificaron la del juez, quien repuso con cierta severidad:
—Conteste la testigo las preguntas que se le hagan sin hacer observaciones ni comentarios... Señorita Manette, ¿sostuvo usted alguna conversación con el prisionero durante la travesía del Canal?
—Sí, señor.
—Refiérala.
En medio de un silencio imponente, comenzó la niña con voz débil: