—Cuando llegó a bordo ese caballero...
—¿Se refiere usted al prisionero?—interrogó el juez, frunciendo el entrecejo.
—Sí, señor.
—Pues cuando haya de nombrarle, llámele el prisionero.
—Cuando llegó a bordo el prisionero, advirtió que mi padre estaba muy fatigado y en estado de salud sumamente delicado. Tal era la postración de mi padre, que temiendo que le perjudicase la falta de aire, le preparé una cama sobre el puente, junto a la escalera de la cámara, y yo me senté a su lado con objeto de atenderle. Los pasajeros no éramos más que cuatro. Fué tan bueno el prisionero, que después de rogarme que le dispensase el atrevimiento, me enseñó la manera de colocar a mi padre al abrigo del aire y del relente, cosa que yo no había sabido hacer. Prodigó a mi padre atenciones y bondades que no puedo olvidar, y estoy segura que se las prodigó de corazón. He aquí cómo comenzamos a hablar.
—Permítame que la interrumpa. ¿Llegó solo a bordo?
—No, señor.
—¿Cuántos le acompañaban?
—Dos caballeros franceses.
—¿Qué conferenciaban con el prisionero?