—Hablaron con el prisionero hasta el último momento. Cuando el barco levaba, se despidieron de él y saltaron a su bote.
—¿Se cambiaron entre ellos algunos papeles semejantes a éstos?
—Cambiaron algunos papeles, pero ignoro cómo o qué eran.
—¿Parecidos a éstos en tamaño y forma?
—Es posible, pero no puedo asegurarlo, aunque me encontraba yo muy cerca del sitio donde ellos hablaban. La noche estaba muy obscura y el prisionero y los caballeros franceses se colocaron en lo alto de la escalera de la cámara, debajo del farol allí pendiente. Sostenían, sin embargo, la conversación con voz tan baja, que no oí una palabra. Vi, sí, que leían papeles, y nada más.
—Repítanos usted la conversación que sostuvo con el prisionero, señorita Manette.
—El prisionero fué conmigo muy franco... puso en mí gran confianza... fué muy amable, muy bueno... trató con tierna solicitud a mi padre... y no quisiera—terminó la joven, hecha un mar de lágrimas—no quisiera corresponder a sus favores con declaraciones que acaso le perjudiquen.
Los moscardones azules volvieron a zumbar.
—Señorita Manette—replicó el fiscal,—si el prisionero no se convence de que usted presta la declaración que es su deber prestar... que está obligada a prestar... que no puede dispensarse de prestar, contra su voluntad y con sobrada repugnancia, habrá que confesar que está ciego. Tenga la bondad de continuar.
—Me dijo que motivaban su viaje asuntos de índole altamente delicada y comprometida, asuntos que acaso originasen serios conflictos entre pueblos distintos, y que por esta razón, viajaba bajo nombre supuesto. Me dijo que esos asuntos le habían llevado a Francia pocos días antes, y que probablemente, durante un período más o menos largo, le obligarían a hacer frecuentes viajes entre Inglaterra y Francia.