—¿Habló de América, señorita Manette? Tenga la bondad de especificar con detalles.

—Procuró explicarme las causas que dieron margen al conflicto, y me dijo que, en opinión suya, la sinrazón y la injusticia estaban de parte de Inglaterra. Añadió, en tono humorístico, que quizá Jorge Wáshington estaba llamado a alcanzar en la historia tan alto renombre como Jorge III. Pero en todo ello no había ni sombra de malicia: lo dijo riendo y para pasar el tiempo.

El señor fiscal de la Corona manifestó que consideraba necesario interrogar al padre de la señorita, al doctor Manette.

—Mire usted al prisionero, doctor Manette: ¿recuerda haberle visto antes?

—Una sola vez. Hará tres años o tres y medio que me visitó en mi casa de Londres.

—¿Puede usted decirnos si fué su compañero de viaje durante la travesía del Canal, o repetirnos la conversación que tuvo con su hija?

—Ni lo uno ni lo otro, señor.

—¿Existen razones particulares y especiales que le imposibilitan hacer lo que se le pide?

—Existen—contestó el doctor con voz muy baja.