—¿Son éstas la desventura de haber sufrido un cautiverio larguísimo en su país natal, sin ser condenado, y hasta sin ser acusado?

Con tono que penetró hasta el fondo de los corazones de todos los presentes, contestó:

—¡Un cautiverio eterno!

—¿Había recobrado usted recientemente la libertad, cuando se hizo el viaje a que me refiero?

—Eso me dicen.

—¿No lo recuerda usted?

—No recuerdo nada. Mi cerebro fué una noche profunda durante algún tiempo... no puedo decir cuánto... desde que en mi calabozo me dedicaba a hacer zapatos hasta que me encontré en Londres en compañía de mi querida hija. Me habitué a su trato... ignoro cómo... no conservo recuerdo del proceso... y al fin, el Dios misericordioso tuvo a bien devolverme las facultades.

El señor fiscal de la Corona dió por terminado el interrogatorio, y el padre y la hija volvieron a sentarse.

Ocurrió en este punto un incidente singular. El objeto de las actuaciones, el fin que en el proceso se perseguía, era demostrar que el acusado, en compañía de otro traidor cómplice suyo, cuya identidad era un misterio hasta entonces, viajeros, en la noche de un viernes del mes de noviembre de cinco años atrás, en la diligencia-correo de Londres a Dover, habían desmontado durante la marcha, con objeto de despistar, en un sitio en el que no pensaban quedarse, desde donde retrocedieron doce o más millas hasta llegar a una plaza fuerte que tenía arsenal, donde recogieron los datos que perseguían. Un testigo declaró que en el día y hora indicados había visto al prisionero en el comedor de un hotel de la plaza fuerte y arsenal mencionados, esperando a otra persona. El abogado defensor del procesado estaba sometiendo al testigo a un interrogatorio tan rígido como habilidoso, sin más resultado que el de asegurar aquél que jamás, ni antes ni después de la ocasión indicada, había visto al prisionero, cuando el caballero empelucado, que desde los comienzos de la vista tenía los ojos clavados en el techo de la Sala, escribió dos o tres palabras en un papelito, lo retorció, y seguidamente lo tiró al defensor. Este, después de leer el papelito, miró con atención y curiosidad extraordinarias al prisionero.

—¿Dice usted que tiene seguridad absoluta de que era el prisionero?—preguntó al testigo.