—Absolutísima.
—¿No ha visto nunca a nadie que se parezca al prisionero?
—A nadie que se le parezca tanto, que pueda dar lugar a una equivocación.
—Fíjese bien en aquel caballero,—repuso, indicando al que acababa de tirarle el papelito—y luego, fíjese bien en el prisionero. ¿Qué me dice usted? ¿No es verdad que se parecen bastante?
No obstante la dejadez y desaliño del caballero del papelito, existía entre él y el prisionero un parecido bastante notable para llenar de sorpresa no sólo al testigo, sino también a cuantas personas se hallaban en la Sala. El presidente del tribunal suplicó al repetido caballero del papelito que se quitase la peluca, y la semejanza se hizo muchísimo más notable. Preguntó el presidente al señor Stryver, que era el abogado defensor, si habrían de encausar por el delito de traición al señor Carton, nombre del caballero del papelito, a lo que el defensor respondió que no, pero que deseaba preguntar al testigo si creía que lo que una vez ha sucedido no puede suceder otra, si hubiera osado hablar con tanta seguridad y aplomo si antes hubiese visto aquel ejemplo palpable de su temeridad, si la vista de una persona que tanto se parecía al prisionero no habría sido golpe rudo asestado a su confianza, etc., etc. El resultado de este incidente fué aniquilar al testigo, destruir el efecto de su declaración, y quitar todo el valor a sus manifestaciones.
El buen Jeremías Lapa, que seguía el curso de la vista sin perder palabra ni gesto, hubo de escuchar cómo el defensor volvía la tortilla que el fiscal y los testigos habían servido al Jurado, diciendo que el excelso, el sublime patriota Barsad, era un espía mercenario, un vil traidor, un traficante en sangre que no conocía el decoro ni la vergüenza, el reptil de alma más negra que había existido en el mundo desde que el maldecido Judas, a quien se parecía física y moralmente, lo deshonró con su presencia. Afirmó que el espejo de criado, el inocente Cly, era amigo y cómplice de Barsad, y digno de serlo por cierto, que los ojos siempre abiertos de aquellos miserables falsificadores y perjuros resolvieron convertir en víctima de sus codicias al prisionero, aprovechando para sus nefandos fines la circunstancia de que aquél, francés de origen, hacía frecuentes viajes entre Inglaterra y Francia por asuntos de familia que no podía explicar, y que no explicaría el prisionero, aun cuando su silencio le costase la vida, porque se lo vedaban altas consideraciones. Demostró que las manifestaciones hechas por la señorita Manette, cuya angustia al hacerlas todos habían tenido ocasión de apreciar, no tenían la menor importancia, ni eran otra cosa que inocentes galanterías, muy naturales en un joven que tropieza en un viaje con una niña agraciada, excepción hecha de lo referente a Jorge Wáshington, que a su juicio resultaba tan extravagante, que sólo como chiste desatinado cabía considerarlo. Añadió que daría la Justicia pruebas palpables de debilidad si persistía en la idea de perseguir una populachería estéril aprovechando bajas antipatías y temores nacionales que el señor fiscal de la Corona había explotado en su informe, el cual, en realidad de verdad, no tenía más fundamento que las ruindades y vilezas de una declaración cuya mala fe saltaba a la vista, declaración prestada con ánimo deliberado de desfigurar los hechos, declaración que tiende a que la Justicia, para vergüenza nuestra, añada un error lamentabilísimo a la interminable serie de los que ha cometido.
El presidente, cual si lo que acababa de manifestar el defensor no fuera expresión exacta de la verdad, interrumpió con cara fosca al orador, para decir, con grave ademán, que le era imposible continuar ocupando su elevado sitial si se le obligaba a tolerar alusiones tan desagradables.
Interrogó el defensor a los escasos testigos de descargo, y a continuación, los oyentes hubieron de admirar los esfuerzos hechos por el señor fiscal de la Corona para volver del revés el traje que el primero había confeccionado para el Jurado. Lo más saliente de su discurso fué asegurar una y mil veces que los heroicos Barsad y Cly eran mil veces más virtuosos de lo que al principio había dicho, y el prisionero mil veces más criminal. El presidente, en su informe final, dió vueltas y más vueltas al traje confeccionado por el fiscal y procuró deshacer las costuras del presentado por el defensor, demostrando tendencias decididas a preparar con uno y otro la mortaja del prisionero.
Retiróse el Jurado a deliberar y los grandes moscardones azules dejaron oir de nuevo sus desagradables zumbidos.
El movimiento, los murmullos generales, la expectación que de todos los testigos de la vista se había adueñado, no fueron parte a que el señor Carton, que continuaba sentado y mirando al techo, variase de actitud ni de sitio. Mientras, su amigo el señor Stryver, recogiendo los papeles que tenía delante, conversaba con las personas que tenía más cerca y de tanto en tanto dirigía miradas de ansiedad al Jurado, mientras todos los espectadores se movían más o menos, ora separándose, ora reuniéndose de nuevo, mientras el mismo presidente abandonaba su asiento para pasear por la plataforma, dando motivos para que los presentes sospecharan que el estado de su ánimo distaba mucho de ser sosegado, el señor Carton permanecía arrellanado en su asiento, con la peluca medio ladeada, las manos en los bolsillos, como indiferente a todo y a todos, clavados en el techo los ojos como los había tenido todo el día.