Fray Marcos era natural de la provincia de Niza, que formaba entonces parte de Saboya, y debió llegar a América por el año 1531. Acompañó a Pizarro al Perú, y de allí volvió finalmente a Méjico. Fué el primero en explorar las tierras desconocidas de que Vaca había oído a los indios contar cosas tan estupendas, aun cuando él no las había visto: «las Siete Ciudades de Cibola, llenas de oro», y otras innumerables maravillas. Fray Marcos salió a pie de Culiacán (Sinaloa, borde occidental de Méjico) en la primavera de 1539, con el negro Estebanico, que fué uno de los compañeros de Vaca, y unos cuantos indios. Un hermano lego, Honorato, que salió con él, pronto cayó enfermo y no continuó el viaje. Ahora bien; esa fué una verdadera exploración española, un buen ejemplo de centenares de ellas: aquel denodado sacerdote, sin armas, con una veintena de hombres que no inspiraban confianza, emprendió una marcha de un año, a través de un desierto, donde, aun en estos días de ferrocarriles y carreteras, caminos y aguas alumbradas, hay hombres que mueren todos los años de sed, sin contar los millares que perecen a manos de los indios. Pero esas pequeñeces sólo servían para abrir el apetito de los españoles, y Fray Marcos siguió sufriendo el cansancio del camino hasta que, a principios de junio de 1539, llegó por fin a las Siete Ciudades de Cibola. Estas se hallaban al extremo occidental de Nuevo Méjico, cerca del actual y extraño pueblo indio de Zuñi, que es todo lo que queda de aquellas famosas ciudades, y está hoy casi lo mismo que como lo vió aquel heroico sacerdote hace trescientos cincuenta años. Al pie del pasmoso risco de Toyallahnah, la sagrada montaña de los truenos de Zuñi, el negro Estebanico fué muerto por los indios, y Fray Marcos se libró de igual suerte por haberse retirado a tiempo. Obtuvo cuantos informes pudo acerca de las extrañas y elevadas poblaciones que divisó, y regresó a Méjico con grandes noticias. Se le ha acusado de haber dado informes erróneos y exagerados; pero si sus críticos no hubiesen sido tan desconocedores de la calidad, de los indios y de sus tradiciones, no hubieran hablado de esta suerte. Las afirmaciones de Fray Marcos eran absolutamente verídicas.

Cuando el buen padre hizo su relación, bien se puede asegurar que todos aguzaron el oído en Nueva España, nombre que entonces se daba a Méjico, y en cuanto fué posible organizar una expedición armada, salió para las Siete Ciudades de Cibola, sirviéndola de guía el mismo Fray Marcos. De dicha expedición hablaremos en breve. Fray Marcos la acompañó hasta llegar a Zuñi, y entonces regresó a Méjico, baldado por el reumatismo, del cual nunca llegó a curarse. Murió en el convento de la ciudad de Méjico, en 25 de marzo de 1558.

El hombre a quien Fray Marcos condujo a las Siete Ciudades de Cibola fué el más grande explorador que jamás pisó el continente del norte, si bien sus exploraciones sólo le produjeron desastres y amarguras. Nos referimos a Francisco Vázquez de Coronado, natural de Salamanca (España). Coronado era joven, ambicioso y tenía ya renombre. Era gobernador de la provincia mejicana de Nueva Galicia, cuando supo la noticia referente a las Siete Ciudades. Mendoza, contra la fuerte oposición de Cortés, decidió efectuar una expedición, que libraría al país de unos cuantos centenares de audaces y jóvenes espadachines españoles que estaban reñidos con la paz, y al mismo tiempo a fin de conquistar nuevos países para la Corona. En consecuencia, puso a Coronado al frente de un grupo de unos doscientos cincuenta españoles, para que fuesen a colonizar las tierras descubiertas por Fray Marcos, con estrictas órdenes de no volver jamás.

Coronado salió de Culiacán con su pequeño ejército en los albores de 1540. Guiados por el incansable sacerdote, llegaron a Zuñi en julio, y tomaron el pueblo después de una lucha feroz, con lo cual terminaron entonces las hostilidades. Desde allí envió Coronado pequeñas expediciones a los extraños pueblos de Moqui, construídos sobre riscos (en la parte nordeste de Arizona), el gran Cañón del Colorado y al pueblo de Gemez, situado al norte de Nuevo Méjico. Durante aquel invierno trasladó todas sus fuerzas a Tiguex, donde se encuentra ahora la linda aldea Nuevo-Mejicana de Bernalillo en el Río Grande, y allí empeñó una seria y poco digna guerra con los indios pueblos de Tigua.

Allí fué donde oyó hablar del áureo mito que le tentó, haciéndole pasar tan duras penalidades, y que causó después la muerte a muchos centenares de hombres: la fábula de Quivira. Esta, según le aseguraban los indios de las vastas llanuras, era una ciudad toda de oro puro. En la primavera de 1541, Coronado y sus hombres salieron en busca de Quivira y marcharon a través de aquellas tremendas sabanas, hasta el centro de nuestro actual territorio indio. Allí, viendo que había sido engañado, Coronado hizo retroceder su ejército a Tiguex, y él, con 30 hombres, siguió adelante y atravesó el río Arkansas hasta llegar al extremo nordeste de Kansas, esto es, a tres cuartas partes de la distancia que media entre el Golfo de California y Nueva York, y mucho más si se tiene en cuenta los rodeos que dieron.

Encontró allí la tribu de los quiviras, salvajes nómadas que se dedicaban a la caza del búfalo, pero no tenían oro, ni sabían dónde se hallaba. Coronado regresó por fin a Bernalillo, después de un lapso de tres meses de incesantes marchas y horribles sufrimientos. Poco después de su vuelta, una caída del caballo puso su vida en grave peligro. Pasó la crisis; pero su salud quedó quebrantada, y descorazonado por sus dolencias físicas y por las infructíferas contrariedades de la inhospitalaria tierra que se propusiera colonizar abandonó el proyecto de poblar Nuevo Méjico y en el verano de 1542 regresó a Méjico con sus hombres. Su desobediencia al virrey, por haber abandonado su empresa, le hizo caer en disfavor, y pasó el resto de su vida en relativa obscuridad.

Triste final fué ese para el hombre notable que descubriera tantos miles de millas del sediento sudoeste, casi tres siglos antes de que lo viese ninguno de nuestros paisanos; para aquel soldado bien nacido, instruído y denodado, y que fué el ídolo de su tropa. Como explorador no tiene rival; pero como colonizador fracasó por completo. Habíase criado en la ciudad y no era montaraz; y acostumbrado solamente a vivir en Jalisco y las regiones de Méjico situadas junto al Golfo de California, no conocía los terribles desiertos de Arizona y Nuevo Méjico y no pudo acomodarse a aquel medio ambiente. Hasta medio siglo después que llegó un español nacido en la frontera de aquellas tierras áridas, no pudo colonizarse Nuevo Méjico con feliz éxito.

Mientras el descubridor del territorio indio y de Kansas iba en persecución de un mito de oro a través de las solitarias llanuras, sus compatriotas habían hallado y estaban explorando otro de nuestros Estados: nuestro dorado jardín de California. Hernando de Alarcón, en 1540, navegó por el río Colorado hasta una gran distancia del Golfo, probablemente hasta Great Bend, y en 1543 Juan Rodríguez Cabrillo exploró la costa californiana del Pacífico, hasta llegar a cien millas al norte del sitio donde tres siglos más tarde debía fundarse la ciudad de San Francisco.

Después de los desalentadores descubrimientos de Coronado, los españoles, durante muchos años, consagraron muy poca atención a Nuevo Méjico. ¡Bastante había que hacer en la Nueva España para tener ocupada por algún tiempo la indómita energía española en la civilización de su nuevo imperio! Fray Pedro de Gante había fundado en Méjico, en 1524, las primeras escuelas del Nuevo Mundo, y desde entonces todas las iglesias y conventos, en la América española, tenían adjunta una escuela de indios. En 1524 no había entre los innumerables millares de indios de Méjico uno solo que supiese lo que eran letras; pero veinte años después eran tantos los que habían aprendido a leer y escribir, que el obispo Zumárraga hizo imprimir para ellos un libro en su propio idioma. En 1543 había hasta escuelas industriales para aquellos indios. Ese buen obispo Zumárraga fué también el que trajo la primera prensa al Nuevo Mundo, en 1536. Se montó en la ciudad de Méjico y pronto empezó a trabajar activamente. El libro más antiguo impreso en América que hoy existe, salió de dicha prensa en 1539. La mayoría de los primeros libros que allí se imprimieron, tenían por objeto hacer inteligibles los dialectos indios; medida de humanitaria educación que no ha sabido copiar ninguna otra nación colonizadora en el Nuevo Mundo. La primera música que se imprimió en América, salió también de la misma prensa en 1548.

Lo más notable de todo, y que demuestra la actitud educadora de los españoles en los nuevos continentes, fué un resultado enteramente singular. No solamente su actividad intelectual creó entre ellos mismos una constelación de eminentes escritores, sino que, al cabo de pocos años, había una escuela de importantes autores indios. Sería una pérdida irreparable para el conocimiento de la verdadera historia de América, la de las crónicas de escritores indios tales como Tezozomoc, Camargo y Pomar, en Méjico; Juan de Santa Cruz, Pachacuti Yamqui Salcamayhua, en el Perú, y muchos otros. ¡Y qué ganancia no hubiera tenido la ciencia si nosotros nos hubiésemos tomado la pena de educar a nuestros aborígenes para que se prestasen tan útil ayuda a sí mismos y a los conocimientos humanos!